Opinión

Corre el año 2100


 
 
Algún día, viajeros entusiastas, con coloridos shorts y vistosas cámaras, o lo que para entonces se use, que quizá no se parezca a nuestros shorts y cámaras, visitarán El Gran Muro de América.
 
 
Podrá tal vez llamarse el Muro de América del Norte, pero como los estadounidenses son muy dados a decir América para nombrar a su país, sin importarles diferenciarse del continente (porque el continente son ellos) es previsibles que se llame sólo El Muro de América. Y si le dan oportunidad a un creativo de Hollywood, podrá llamarse también El Muro de la Libertad o La Muralla de Dios.
 
Un guía, experto, desde luego, dirá a los visitantes mediante quién sabe qué sistema de amplificación de voz, que este Gran Muro fue construido entre los años 2014 y 2016, hace 85 años, dirá.
 
Voz cinematográfica, el guía agregará: La decisión histórica de edificar esta muralla fue preservar la integridad, la cultura y la raza estadounidense, protegiendo a nuestro país de la invasión mexicana y centroamericana, que amenazaba convertir a los Estados Unidos en una tierra de hispanos, lo que constituía una peligro para la pureza del pueblo estadounidense.
 
Quién sabe si además dirá: el objetivo era noble, pero no fue alcanzado, como puede apreciarse hoy en la composición de nuestra población, en la que los blancos hemos dejado de ser mayoría.
 
¿Cómo era esa invasión?, preguntará una adolescente, quizá imaginando bárbaros de flechas y torso desnudo asaltando la frontera.
 
El guía, bien preparado, contestará con fluidez: se trataba de una horda de mil cada día, que se internaban sin autorización para quitarle el trabajo a los nativos, abusar de los recursos públicos beneficiándose de los programas sociales, manchar nuestra cultura, atentar contra la libertad, dañar nuestra economía.
 
Los visitantes observarán el muro abandonado, o quizá reparado y embellecido para efectos turísticos. Casi 100 años, pensarán, y aguzarán la mirada para reproducir en su imaginación aquella invasión bárbara, ese flujo terrible de gente que quería adueñarse de tierra ajena, con su incultura, sus bajas costumbres y su salvajismo atroz.
 
Tal vez en el libreto del guía no estará decir que ese inmenso muro causó miles y miles de muertes lentas y dolorosas por deshidratación e hipotermia, muertes cuya suma es más grande que los días que transcurrieron desde la primera barda en 1994.
 
Tampoco dirá el guía que quienes lograba entrar a Estados Unidos sin documentos aportaban una gran fuerza productiva, hacían los trabajos que nadie quería hacer, estaban dispuestos a que se les pagara menos que a cualquier otro, y que eran eficaces trabajadores, de jornadas largas y gran dedicación.
 
No dirá que durante muchos años esa fuerza de trabajo subsidió a la economía estadounidense, que pagaba impuestos al consumo, que reclamaba en servicios menos de lo que aportaba al sistema de seguridad social, que mantuvo la maquinaria de la producción y los servicios a cambio de exclusión, marginación y crímenes de odio.
 
Como nada de esto dirá el guía, los turistas seguirán tomando fotos de esa mole absurda y pensarán: qué bueno que ya estamos en el año 2100 y que no nos tocó a nosotros sufrir el sobresalto de esa terrible amenaza.
 
Luego leerá los nombres de los representantes y senadores que tuvieron el valor, la osadía, la visión, de mandar construir El Gran Muro de América. O la Muralla de Dios, vaya usted a saber.