Opinión

Cordero, ganar perdiendo

A propósito del triunfo de Gustavo Madero he leído a gente inteligente decir que ha llegado a su fin el calderonismo. Podría coincidir con ello si tal cosa quiere decir que por fin el ciclo de Felipe Calderón en su partido ha concluido. Pero discrepo de que eso forzosamente signifique que varios de quienes ingresaron y crecieron en Acción Nacional bajo la influencia del michoacano, ahora tengan que borrarse del blanquiazul. En pocas palabras, que con Calderón también se tendría que marchar Ernesto Cordero. Es una expresión demasiado aventurada.

Porque para ganar, Madero tuvo de su lado al aparato partidista y a tres poderosos (léase poco pulcros) gobernadores. Y a pesar de ello el chihuahuense sufrió ante Cordero importantes descalabros en estados que son claves, tanto para el panismo como feligresía, como de cara a las elecciones del año entrante. Más aún: quien era el incumbent, lo que siempre da ventajas, ganó pero su partido sigue dividido casi por mitad. Quizá a ello debemos la cara de hastío que tenía Madero la noche del domingo, así como su desgano al leer el discurso triunfal. No arrasó.

Cordero en cambio podría estar ante el verdadero inicio de su carrera política como figura sin sombras ni tutelajes. Lo que el domingo ganó al interior del PAN es suyo, de nadie más: ni de Margarita Zavala, ni de Luis H. Álvarez, ni de Calderón, ni de Lozano, ni de Gil, ni de Cortázar, ni de nadie. Ese 43 por ciento de votos panistas es todo un mérito personal. Y de ahora en adelante nadie podrá cuestionarle sus credenciales de panista, como hizo Madero durante la campaña.

Ese enorme capital crecerá con poco que el exsecretario de Hacienda lo sepa cultivar y con poco que le ayuden las circunstancias.

Y es que pasada la contienda, lo que Madero tiene frente a sí es cuesta arriba en todos los sentidos. En primer lugar, su organización adolece de un grave problema de imagen: hoy es el partido asociado a la corrupción. ¿Y quién lo dice? Para empezar, eminentes figuras del panismo. Y lo peor es que tras la temporada de Moches, el reelecto presidente del PAN no puede decir que nada tuvo que ver con esa mala fama, que es un problema heredado, como durante toda la campaña interna argumentó ante cualquier cuestionamiento.

Paradojas del destino. Los históricos panistas querían ser vistos como ciudadanos decentes y ahora se acusan de lo que no se han atrevido ni en sus peores momentos los priistas y los perredistas: los blanquiazules hoy se apedrean en primeras planas con el calificativo de corruptos. Aplacar esas aguas, curar esa división, desgastará al bronco chihuahuense.

Madero llega además cargado de deudas con operadores de dudosa honorabilidad. Su margen de negociación es limitado. Así que por más que el nuevo secretario general, Ricardo Anaya, diga en entrevistas que espera que el nuevo jefe nacional atienda las voces que reclaman limpieza en la casa, la realidad se impondrá: de ahí que no sea sorpresivo que Madero haya comenzado mal su nueva presidencia, ratificando el liderazgo en la Cámara de Diputados. De ahí pa’l real.

Cordero debe recordar que perder una batalla, así sea la presidencia del partido, no sentencia todas las que están por venir. Y ahora su apoyo no viene del pasado, sino del presente. Hoy tiene argumentos propios para capitalizar cada paso fallido de Madero. El propio Ernesto debe estar feliz de que el calderonismo haya muerto.