Opinión

Corazón hambriento

   
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Corazón. (Shutterstock)

Y, si en vez de las palabras “bien”, “mal” (o “sagrado”) usáramos las palabras “hermoso” o “placentero” o “revitalizante”,… ¿Cómo cambiaría nuestra vida?

Adam Phillips


Ser el propio padre o la propia madre es una forma de describir el mayor logro de la vida adulta: ser capaz de cuidarse, de tratarse con amor, de ponerse límites y respetarlos por convicción, de protegerse de situaciones peligrosas para la integridad física y emocional, de tener un motor interno que funcione lo suficiente como para desear y perseguir todo lo que sea vida y no muerte.

Ser adulto significa romper dependencias de todo tipo sin miedo a la soledad o al desastre, pero nuestra condición de indefensión nos lleva a establecer relaciones de sobrevivencia que emulan la que tuvimos con nuestra madre que nos nutrió o con el padre que nos acompañó a crecer. Aunque casi siempre son versiones idealizadas de padre y madre, que dan lugar a un corazón hambriento imposible de saciar; porque no hay experiencia relacional capaz de colmar desde afuera el afán de perfección e incondicionalidad que subyace en todo lo que idealizamos.

Una de las razones de sentir el corazón a medias, viviendo todo como si fuera nada, es la falta de deseos internos. Muchos han crecido pendientes del afuera mucho más que del adentro. Quizá como un asunto cultural-pedagógico que privilegia la buena educación, los modales, el cuidado de las apariencias, hacer felices a otros, ser pasivos o reactivos, por encima de la expresión libre de los sentimientos.

Usamos la razón en exceso, creyendo que es un camino casi infalible para no equivocarse, pero lo que le da dirección y emoción a una vida es preguntarse qué es lo que el corazón quiere en lo más hondo, más allá de lo correcto, lo que se ve bien y es aprobado por las mayorías.

A veces la razón no hace sino elegir caminos poco arriesgados que dan la falsa sensación de estabilidad y que con el tiempo se vuelven elecciones áridas de llevar adelante. Es difícil establecer compromisos duraderos que se traduzcan en bienestar del alma cuando solamente hacemos lo correcto.

Como el hombre que se casó con esa mujer porque era una exitosa ejecutiva y muy decente, que no le representaba ninguna amenaza ni a su ego ni a su miedo a la pobreza y que con el paso de los años, comenzó a cuestionarse su decisión de estar junto a alguien por quien nunca sintió ilusión.

El corazón se muere de hambre cuando parece que la vida no alcanza más que para cumplir responsabilidades, sin ser capaces de ver con claridad la falta de equilibrio con la que voluntariamente organizamos los días, trabajando más horas de las saludables solo para sostener un nivel de vida que no significa nada más que una apariencia que proteger.

Cuando en una entrevista de trabajo a usted le preguntan en dónde se ve en 5 o 10 años, es probable que conteste lo que su encuestador quiere oír: estable, con una carrera profesional envidiable y con una vida feliz. No está nada mal que responda lo que haga falta para que le den trabajo. Lo que no tiene sentido es mentirse por dentro; responder qué es lo que usted realmente desea puede ser aterrador. La mayoría de la gente contesta cosas de las que se avergüenza: empezar una vida lejos con una identidad nueva, romper una relación muerta y vivir solo, viajar por el mundo sin darle cuentas a nadie, vivir un gran amor sin importar su viabilidad práctica, dedicarse a lo que siempre le apasionó pero nunca tuvo la valentía de elegir porque creyó que no le daría para vivir bien.

Si por un segundo usted pudiera dejar de pensar en los demás y en lo que esperan de usted, ¿qué haría? ¿con quién estaría? ¿cómo viviría?

El vacío, como sentimiento que aparece a veces frente a las dificultades de vivir y de mantener el ánimo en alto de manera estable, está muy relacionado con la capacidad o incapacidad de darse lo que a usted lo colma, lo hace feliz, lo emociona y lo hace vibrar. Las responsabilidades deberían ser medios para alcanzar fines más elevados que a veces tenemos perdidos o que ni siquiera podemos nombrar.

El hambre del corazón no es de otros, ni de reconocimiento, ni de éxito. El hambre fundamental se llama valentía para defender las decisiones y la dignidad, amor propio, autonomía financiera y emocional. Y solo después, amar libres y con generosidad.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional.

Twitter: @valevillag

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