Opinión

Conversación con Héctor Vasconcelos

 
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Libro

Uno. En una zona de abundosa oferta librera, Coyoacán, la Casa de las Humanidades (Coordinación de Humanidades, UNAM), ha tomado su preciso lugar. Aloja una remozada librería, al Programa Editorial (el de las “colecciones históricas”, su razón de ser) y a un variado programa de difusión.

Dos. En dicho programa, estelar: “Viernes de lectura”. Exitosa tertulia de lugareños y foráneos, punto de encuentro de Humanidades y Ciencias Sociales (disciplinas avocadas a encuentros fronterizos e incluso más adentro de sus límites). El pasado viernes 28 de octubre, tuve el privilegio de charlar con Héctor Vasconcelos, único hijo de don José, ante una nutrida y participativa concurrencia. Pretexto: la lectura crítica de Prosa Atenea, antología del Ateneo de la Juventud, de cuyo prólogo y selección soy autor.

Tres. Antes de pasar al “escenario” convenimos una especie de “guía”. Su opinión de la antología (que desde luego agradezco); mis complicadas relaciones de estudioso de la cultura y la política de aquellos tiempos, con la figura del caudillo cultural oaxaqueño (descubierto, junto con Martín Luis Guzmán, en las cátedras volcadas a la realidad del legendario jurista Mario de la Cueva); la evocación de su trato, infantil, adolescente, con el Vasconcelos cotidiano.

Cuatro. Y, como cierre, la opinión que le merecía la vida y obra de su padre, en el contexto de este 2016 mexicano convulso, particularmente a la luz del diagnóstico de don José al tomar posesión, agente de la Revolución Mexicana, de la rectoría de la Universidad Nacional. México desigual e ignorante. Tocando a los universitarios, a los intelectuales, la atención decidida de la ignorancia.

Cinco. Dejo para otra ocasión lo de mi complicada relación con la imagen pública del autor de Ulises criollo pero también Sonata de estío, y resumo evocación y juicio.

Seis. Héctor, amigo por el que guardo un ya añoso afecto, se abrió de capa. Decisión afortunada la de no convertirse en vigilante de la lámpara votiva del progenitor (moda oportunista, y añadiría laboral, de no pocos herederos de personalidades señeras). Más papistas que el Papa. Vida propia la de Héctor. La música, los estudios universitarios, la diplomacia y, recientemente, la política. Pero eso sí, cálida evocación del vástago de una figura nacional, hispanoamericana, que jamás perdió la conciencia de su predestinación, milenarismo.

Siete. Tomamos nota del niño que atestigua en la vida cotidiana la amistad del padre con sus “pares”, Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán por ejemplo. Su iniciación, vía La Ilíada y La Odisea, no sólo a la obra de Homero sino a esa segunda patria decidida por los ateneístas: Grecia. El convivir del niño y adolescente con un hombre pasional, autoritario, aquejado (decía Reyes) de “cólera civil”. Ardua tarea, resuelta con éxito, de hijo único de José Vasconcelos Calderón.

Ocho. Héctor se detuvo en pasajes luminosos, como el del rector y secretario de Educación Pública (Secretaría de su invención), con el concurso, no lo dijimos, pero debimos haberlo hecho, del presidente Álvaro Obregón. Pero, asimismo, en pasajes oscuros como el de Vasconcelos simpatizante de los nazis, director de la revista Timón.

Nueve. Asimismo se reconoció que el oficio por el que Vasconcelos apostaba para ser reconocido, en su tiempo y en la posteridad, era el de filósofo. Deporte, al que me permití recordar, eran aficionados varios de los ateneístas. Profesionalmente Antonio Caso, desde el ensayo Reyes y Pedro Henríquez Ureña.

Diez. Agradezco a Héctor Vasconcelos tanto la precisión como generosidad de su memoria. Recuerdos y reflexiones que arrojaron luces sobre una vida y una obra que, en el contexto de la actual penuria pública, tenazmente desigual y tenazmente ignorante, más parecen de otro mundo que de éste. Abaratado, jodido (perdonando de mi parte también la expresión).

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