Opinión

Contradicciones

Siempre elijo mal cuando se trata de amor. Aunque parezcan tipos atractivos y brillantes, son solamente seductores profesionales que terminan abandonándome. Será que no merezco que me quieran o cuando me quieren no sé qué hacer. Tengo el don para elegir hombres casados “a punto de separarse”, hombres adictos al trabajo que están enamorados de su éxito profesional, hombres alérgicos a la cercanía que odian los abrazos, hombres con déficit de atención que no pueden estar tranquilos en un solo lugar, que no toleran estar a solas conmigo mucho tiempo porque se aburren y necesitan a sus amigos para pasarla bien. A mí me gusta la fiesta pero a veces. Me siento sola y quisiera tener con quien desayunar un domingo en la mañana (seré cursi).

Pienso, cuando reviso mi historial, que hay algo mal en mí, porque he sido incapaz de elegir una sola relación en la que me sienta segura y acompañada. No he podido tener ningún romance duradero. Quizá siento que no valgo la pena por dramático que suene. Tengo muy claro que no existe la mala suerte, que he sido yo la responsable de estar sola por mis elecciones de pareja. Que no he querido o no he sabido dejarme acompañar. Soy artífice de mi vida, ya lo sé.

La terapeuta dice que todavía no le queda claro qué papel de mi pasado estoy representando con esta compulsión al fracaso amoroso. Ella no lo llama así, así le he puesto yo. Soy adicta al fracaso en el amor, soy incapaz de entusiasmarme con un tipo normal que esté dispuesto a quererme de tiempo completo. O de medio tiempo, pero dispuesto. Es que me obsesiono cuando un hombre me dice que no puede verme o contestarme el teléfono. O cuando me pide que no lo abrace tanto. O cuando prefiere dormir en su casa que en la mía. A veces hasta envidio un poco las familias estables de algunas de mis exparejas. Me compro la idea de que son tremendamente infelices y que quizá algún día dejarán a su esposa por mí. Seré una mujer ilustrada, pero también soy un cliché de los peores. El resultado de mis elecciones es catastrófico: estoy permanentemente enojada y llorosa.

Decía que la terapeuta intenta explorar conmigo de dónde surge el deseo de pasarlo mal, disfrazado de idealismo. Porque yo le digo que cuando me enamoro ya no pienso en nada y sólo me entrego. Aunque invariablemente hay un pero que impide que el amor sea correspondido o que derive en una relación sólida. Quizá tendría que aceptar que lo imposible es la condición para que me enamore.

¿Seré mi madre sola y enojada con mi padre?, le pregunto a la terapeuta. ¿O mi padre siempre metido en líos con otras mujeres? O las otras, que alguna vez intentaron vengarse del abandono de mi padre llamando a la casa para hablar con mi madre. Me acuerdo de una en particular que estuvo toda la noche afuera de la casa. Llovía y mi padre se asomaba nerviosamente por la ventana. Yo tenía 8 años.

No sé cuál de todos esos personajes soy. No sé por qué siempre elijo sufrir. Mantenerme furiosa a veces me aleja de la tristeza. Algunas tardes de domingo planeo mi venganza. A veces el plan de seducción irresistible que hará que uno de esos hombres me ame. Loca de manicomio como a veces me siento, pienso que no sé qué haría con un hombre enamorado. No sé cómo manejaría la cercanía y cómo lograría vivir sin tener que reclamarle a un hombre por egoísta, traicionero, mentiroso o distante. Qué haría si no estuviera siempre frustrada.

Creo que he terminado pareciéndome un poco a mi madre, sola y triste. Y también a mi padre con sus eternos enredos amorosos. Y a las otras mujeres también, aunque no he tenido el valor para plantarme bajo la lluvia y clamar justicia por el desamor.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa; conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag