Opinión

Contra las reformas, por supervivencia política

Tanto Cuauhtémoc Cárdenas como Andrés Manuel López Obrador han manifestado su rechazo a “todas” las reformas estructurales, y tiene su sentido. Si dan resultados antes del 2018, esa izquierda tendrá que despedirse para siempre.

Por lo menos tendrá que despedirse de sus aspiraciones de gobernar el país, porque su modelo habrá sido derrotado.

Eso es lo que les importa. Por eso les tiene sin cuidado que la reforma energética sea benéfica para los mexicanos que necesitan gas más barato, fertilizantes, empleos derivados del crecimiento económico. Van contra ella.

No les importa que la reforma en telecomunicaciones acabe con un monopolio que encarece la vida de los mexicanos, con servicios de mala calidad y tarifas altas que tienen a un buen sector de la población alejada del beneficio de las comunicaciones. Están por frenarla.

El objetivo es obstruir. Oponerse a las reformas. Que se frenen los cambios para que a México no le vaya bien.

Alguien recordaba en estos días, a propósito de lo que ocurre con el PRD y Morena, que infancia es destino. Esas agrupaciones políticas nacieron como una reacción a las reformas estructurales en el país.

Y mientras más cerca de haber ganado la presidencia han estado algunos de sus representantes, llámese López Obrador o Cuauhtémoc Cárdenas, más grande es su enojo y su frustración.

Otros, como Manuel Camacho, se quedaron a la orilla y perdieron la candidatura presidencial del PRI, y ahora reniegan de todo lo que apoyaron e impulsaron. Su venganza es personal.

A Cárdenas y a López Obrador sólo les ha ido bien cuando al país le ha ido mal. Por eso su aversión a las reformas y la apuesta al estancamiento y al fracaso.

Cárdenas tuvo una alta votación en la elección presidencial de 1988 porque llegamos a esos comicios con una inflación superior al 100 por ciento anual.

Luego, cuando se controló la inflación y se puso en orden la deuda externa, la votación del PRD se mantuvo apenas en el borde del 10 por ciento.

Cárdenas volvió a surgir en 1997, cuando el país padeció una devaluación del 100 por ciento, en medio del desprestigio de las reformas estructurales que alentó el propio gobierno priista.

López Obrador, por su parte, tuvo su gran oportunidad cuando el país dejó de crecer en el gobierno de Vicente Fox. Se estancaron las reformas por la necedad del entonces Presidente de “ir por los lingotes de oro” (apresar priistas) y no por los cacahuates (las reformas). El país se estancó.

Seis años después López Obrador volvió a tener un buen desempeño electoral, aunque perdió por seis puntos de diferencia.

El país seguía estancado. En el sexenio de Felipe Calderón pasaron reformas de chisguete, por la mezquindad del PRI a la hora de dar su apoyo legislativo para aprobarlas, y por el excesivo partidarismo del Presidente, que alentó alianzas electorales con el PRD para derrotar al PRI, pero buscó unirse al PRI en el Congreso para vencer al PRD.

Sólo la desgracia del país les ha permitido sobresalir políticamente.

Reformas estructurales exitosas son su veneno electoral.

La pregunta, a estas alturas, es qué hacen acompañando a López Obrador, Cárdenas o Camacho, en ese designio trágico, algunos senadores y diputados del PAN, o la izquierda que nació de luchas por reivindicaciones sociales y no de la frustración personal de sus integrantes.