Opinión

Contra las cuerdas

 
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Jorge Kahwagi.

Quiten esas caras largas. No todo lo ocupa la oscuridad del alma, la mala pata, la noticia nefanda. En la corriente alterna de la vida hay buenas noticias. Oigan esto: Alberto Aguilera Valadez, nombre real de Juan Gabriel, tuvo durante veinte años una amistad de hierro forjado con Roberto Sada Salinas. Cuál no será la sorpresa de Juanga al enterarse de que su amigo le heredó cinco millones 900 mil dólares y un penthouse en el Waldorf Astoria de Nueva York. ¿Cómo la ven? Sin Albur. Eso es amor del bueno y no pedazos. Quizás en ese penthouse se inspiró Juanga para escribir ese himno enorme: Querida-a-a, cada momento de mi vida, yo pienso en ti más cada día, mira mi soledad, mira mi soledad que no me sienta nada bien. Querida-a-a, no me ha sanado bien la herida-a.

Al parecer nada se encuentra libre del hollín de la maldad. El amor no siempre triunfa. El exmanager de Juanga quiso despojarlo de su herencia. Como lo oyen. Que esto era tuyo, pero ya es mío y que el documento notariado así lo estipula. Siempre que Gilga oye de un documento notariado se lleva la mano no al bolsillo sino al corazón. Total: Juanga injerta en pantera y demanda al exmanager. En un acta de hace años, éste manifestó que contaba con una cuenta de inversión con unos 100 millones de pesos, o sea, tenía su dinerito. De esa cuenta se comprometía a pagar cinco millones 900 mil dólares a Juanga. Total: primero el amor y luego el sucio dinero. No somos nada: la pureza no tiene lugar en este mundo. Dios quiera y triunfe el bien sobre el mal.

Pectorales
Buenas noticias. ¿Recuerdan ustedes a Jorge Kahwagi, Kahwuashito? Sí, el mismo que ha sido diputado del Partido Verde Ecologista Mexicano, el mismo que apareció en el Big Brother, el mismo que metió la cabeza en un león africano, el mismo que presidió el Partido Nueva Alianza. Gil cierra los ojos y hace memoria: Jorge Kahwagi boxeaba, le gustaba repartir dosis de cuero a enemigos peligrosos, mju. Pues Kahwagi ha regresado al cuadrilátero. Sí señor, Gamés no sabe mentir.

Gilga se enteró en su periódico Excélsior y en el sitio del Sopitas, por aquí y por allá. Si están sentados párense, si están parados siéntense y no se muevan (no empiecen). A los 47 años, el indómito Jorge Kahwagi subió al ring. Ustedes no están para saberlo, pero los implantes que se puso en los pechos los habría envidiado Angelina Jolie. Ya nadie tiene temor del Dios del ridículo.

Tatuado sobre los implantes de los bíceps, con dos o tres cirugías plásticas en su foja de combates, con ojos de un intenso azul agua del Caribe, Kahwagi peleó contra Ramón Oliva, un joven de Ciudad Obregón que alguien vio pasar por la calle, bajo un calorón que rajaba tablas, y le dijo con voz acostumbrada al mando y al dinero: vas a boxear.

Usted ve al joven y el alma se le va diecinueve metros abajo del suelo, con todo y escalera y motocicleta para huir por un túnel. La pelea duró menos de un round. Kahwagi se movió con agilidad sobre sus piernas, bueno, es un decir, en realidad, arrastró sus pesados remos mientras intentaba mandar algún campanazo al rostro de Oliva. Gil no sabe si quisiera unos pectorales como los de Kahwagi; si los tuviera así, en su cumpleaños le regalarían un precioso wonderbra.

En el encordado
La electrizante pelea duró algo así como dos minutos. El joven Oliva se tendió en el piso una vez y en otra ocasión se hincó como si Kahwagi lo hubiera golpeado. Estas escenas dantescas no alcanzan la definición de tongazo. El réferi alzó el brazo al ganador y dio un par de saltitos de felicidad. Todo esto es verdad. Dicen que en el manicomio en el que internarán a Kahwagi, lo esperan otros boxeadores de fuste y fusta, además de Napoleón y Sócrates. Mon dieu. Qué razón tuvo Borges: nadie es imposible.

Por último, algo del principio: quiten esas caras largas. No todo lo ocupa la oscuridad del alma, la mala pata, la noticia nefanda. En fon.

La máxima de Woody Allen espetó dentro del ático de las frases célebres: “La única manera de ser feliz es que te guste sufrir”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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