Opinión

Contra las buenas costumbres

  
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Estas ruinas que ves

Un profesor de literatura ha regresado a la Universidad de Cuévano. Y con él, al parecer, las malas costumbres traídas de la capital del país, y también la alegría y el buen humor. Como si las tres cosas fuesen de la mano. Antes de bajar siquiera del General Zaragoza —el carro pullman que lo lleva de regreso a su ciudad natal—, Francisco Aldebarán, que es quien nos cuenta la historia, se topa ya con tres de las cuatro personas con las que construirá no uno, sino dos triángulos amorosos: Espinoza, un aburrido maestro de filosofía que carga en sus manos uno de esos mamotretos incomprensibles, pero valiosísimos para los vanos intentos de auto comprensión del ser humano; su esposa Sarita, que al subir la escalerilla para dormir en la cama de arriba deja ver sus torneadas piernas, al tiempo de intercambiar una coqueta sonrisa con Aldebarán; y Rocafuerte, un joven guapo, “con mascada de seda en el pescuezo”, ante el que el porvenir pareciera doblegarse, que ha llegado a Cuévano para realizar un negocio millonario con el gobierno de la ciudad, a través de la Universidad.

El cuarto elemento es Gloria, cuya belleza juvenil es admirada por Aldebarán desde el balcón de su hotel incluso antes de conocerla. Es hija del Doctor Revirado y de Elvira Rapaceja. Juntos forman una familia respetabilísima en Cuévano, de moral intachable. A pesar de estar separados por la edad y por uno de esos callejones estrechos, empinados y resbalosos en tiempos de lluvia que caracterizan a esa bella y colorida ciudad del estado de Plan de Abajo, Gloria se ha inscrito en la materia del profesor recién llegado, que no puede creer su buena suerte. No obstante, éste se ha enterado por uno de sus amigos de que su ninfa cuevanense padece de una grave enfermedad del corazón, que la haría desfallecer al alcanzar su primer orgasmo.

Hablo por supuesto de Estas ruinas que ves, genial e hilarante novela de Jorge Ibargüengoitia, a quien el crítico Sergio González Rodríguez colocara, junto a Juan Rulfo, como el otro gran pilar de la literatura mexicana.

De La Flor de Cuévano al café de don Leandro, pasando por los jardines del señor Crochet; entre enchiladas mineras, queso de Flandes, café, mezcal serrano y un buen número de refrescantes y sudorosas cubas transcurrirá todo un semestre de juergas, tertulias y enredos amorosos, cuyo desvelamiento será detonado por una “película inmoral”, que retrata precisamente lo que ocurre tras las puertas de los hogares aparentemente puros y ajenos de todo pecado. Pues como dice Sebastián Montaña al defender a Malagón, luego de haber sido sorprendido por la palomilla mostrándole fotos pornográficas a Sarita en su propia casa: “¿Quién de nosotros no ha sido víctima de vez en cuando de sus malas pasiones? ¿Quién no ha sido tentado por el demonio de la carne? ¿Quién no ha caído en la tentación?”.

Ante el “Venid pecadores, venid a pedir perdón” que se enciende en una de las tantas iglesias de Cuévano todos los días a las siete de la noche, se impone el “No bajo” que Gloria le espeta a sus padres al ser sorprendida por éstos en el balcón de los Espinoza, abrazada de su novio. Así como la jovialidad de Sarita y la desfachatez de Aldebarán. Y es que, aunque parezca sorprendente en nuestros tiempos, el estilo cuevanense de pensar —que concibe el placer carnal como una caída, una mala pasión, o una tentación demoníaca— sigue permeando a la gran mayoría de las familias mexicanas. Si en 1975, el año de la publicación de la primera edición de la novela, Gloria decía que las ideas de sus padres eran de hace 50 años, hoy en día resultan ya nonagenarias, en ruinas, como las minas que algún día causaron el esplendor de aquella bella ciudad.

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