Opinión

Contra la productividad

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Cientos de personas acuden al Palacio Municipal para pagar el impuesto predial 2016. (Cuartoscuro)

Tuve que ir a un municipio para revisar el cobro de predial. Nada más tardé dos horas en hacerlo y pagar, pero fue la tercera visita. En la primera se estaban cambiando, y los papeles que se le entregaron a una señorita se perdieron, porque para la segunda visita, esa señorita ya no trabajaba ahí, y nadie tenía idea del destino de esos papeles.

El municipio tiene en ese lugar distintas oficinas, y cada una tiene una o dos cajas para cobrar. Al final, como si no hubiera ninguna, porque no hay sistema. Cuando lo hay, las terminales de tarjeta de crédito no tienen conexión, así que hay que pagar en efectivo. No hay otra forma de hacerlo. No importa que el pago en efectivo supere los montos que la ley autoriza para la mayor parte de las transacciones, por cierto. Por eso, si en verdad quieren vigilar el lavado de dinero, gobiernos y partidos políticos deberían ser los objetivos.

Pero lo más interesante es ver cuántas personas deambulan en las oficinas, todos ellos trabajadores que no tienen nada que hacer. Nada. Comen, platican, juegan con su celular. Ocasionalmente atienden a alguien, pero de mala gana. En ese lugar vi a más de un centenar de personas, en actividades que diez podrían cumplir sin dificultad. En el caso ideal, tendría usted diez personas ganando cuatro o cinco veces más que hoy, con un costo de la mitad para el gobierno.

Pero no es nada más el gobierno el ineficiente. Mi trabajo me obliga a viajar por avión con frecuencia, de forma que he tenido tiempo de conocer el aeropuerto del DF. Tanto tiempo, que hasta pude recoger la siguiente información. Dos restaurantes, uno en el área segura y otro en la entrada de la terminal 2. El primero tiene mesas y barra. Hay 34 lugares para comensales en mesas, y 20 en barra, en el caso de lleno total (que nunca he visto). Para atender, hay dos hostess, un capitán de meseros, diez meseros (cinco hombres y cinco mujeres), tres personas en la barra, dos que cobran, y en la cocina (hasta donde pude ver), hay cuatro trabajadores. Suman 22 personas para atender normalmente a 40 comensales, y en el máximo, a 54. En el de afuera, hay también dos hostess, un capitán, cuatro meseros, tres personas en barra y tres más en cocina, que suman 13 trabajadores, para atender 18 comensales, en el máximo.

En algunos viajes a otros países he visto operar restaurantes en los aeropuertos, y aunque no he podido contar con tanto detalle, dudo que haya más de un trabajador por cuatro comensales en casa llena. En los dos casos mencionados hay el doble y el triple de esa cantidad. En ambos, por cierto, cuentan con un sistema de cómputo para administrar el lugar, de forma que no hay una escasez tecnológica que explique tanto personal.

Tal vez la razón sea que los mexicanos tienen costumbres especiales para comer: les gusta que haya hostess recibiendo, que haya un capitán de meseros, que se altere el menú para cubrir sus deseos, y eso sea lo que explica tantas personas. También debe influir que hay poca competencia en el aeropuerto, por razón obvia, y eso permite cobrar lo suficiente para pagar al personal. Finalmente, la mayoría de los trabajadores cobra una cantidad muy pequeña, y el resto de su ingreso proviene de las propinas. Las tres cosas se combinan para dar como resultado una ínfima productividad: costumbres peculiares, falta de competencia, malas reglas laborales. Eso mismo, creo, explica al municipio con que iniciaba. Ahí está el detalle, pues: reglas y competencia.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter:
@macariomx

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