Opinión

Contra el amor*

    
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Contra el amor (Shutterstock)

Llegué tarde a leer a Laura Kipnis, que en 2003 escribió un libro para cuestionar el amor y sacudir un poco las convicciones que sobre el tema tenemos o nos aferramos a tener. Creemos como materia de fe, que el amor es algo que necesita ser 'trabajado', porque la ética del trabajo ha contaminado todas las esferas humanas. Porque los padres transmiten esa misma idea, reforzados por los terapeutas que se dedican a 'trabajar' con las parejas, que piden ayuda porque han perdido el deseo, porque el sexo se volvió aburrido, porque uno de los dos decidió experimentar afuera todos los sentimientos que adentro dejó de sentir.

Es increíble cómo hemos logrado conservar el puritanismo a pesar de vivir en una era hipersexualizada. La gente (mucha gente) sigue pensando que no hay peor traición que una infidelidad sexual. Hombres y mujeres de distintos perfiles consideran insoportable que su pareja sienta deseo o que haya o esté sosteniendo una relación con alguien más. Es la traición de traiciones, que tiene más que ver con respetar la 'institución' que con el amor. A veces ya ni siquiera se deseaba al infiel, pero saber que alguien más sí, remueve sentimientos de propiedad. Nadie se mete con mis cosas, dicen sin decirlo.

Las personas que han sido infieles sostienen que eso no las hace menos monógamas. Porque quieren seguir siendo buenas personas, porque si sienten culpa significa que no son tan malos. Claro que las aventuras fuera de la relación conyugal no siempre son irrelevantes y a veces se convierten en intercambio de intimidad, en pasión renovada, idealización, en compartir historias de infancia, libros preferidos, confesiones, amor.

Las relaciones de largo plazo se venden como una fuente de alegría y renovación. Hablar de anestesia emocional no es buena mercadotecnia. Los interrogatorios se vuelven una costumbre para controlar a la pareja, se normaliza la vigilancia al preguntar con quién se mandaba mensajes o porqué platicó tanto tiempo durante la fiesta con la amiga de la infancia. Muchas parejas creen que vigilando, garantizan la buena conducta. La fidelidad que está basada en la represión no habla de una monogamia feliz. La gente monógama y feliz lo es, no por falta de oportunidades, sino porque se ha sacudido la rutina y el cumplimiento resignado de las obligaciones conyugales. Sugerir 'trabajar la relación' es un ejemplo de cómo el modelo laboral contamina hasta la vida íntima. Como ha dicho Adam Phillips: “En nuestra vida erótica… no es más posible trabajar en la relación que en lograr una erección o en decidir lo que queremos soñar. De hecho, cuando se siente como trabajo, sabes que algo ha ido mal, que algo se ha perdido”.

Dice Kipnis: “el matrimonio con la ética del trabajo no es nuevo. Corre profundamente en la historia de la clase media y se manifiesta, por ejemplo, durante los insomnios en los que nos preguntamos con angustia qué es lo que realmente hemos logrado en la vida”.

Ya Freud nos lo aclaró: hay una falta de sincronización entre los instintos profundos y lo que la sociedad espera de nosotros. Trabajar sólo por la sincronización, esclaviza. Atreverse a vivir con menos miedo, es resistirse a que las instituciones sociales dominen a quienes las crearon. La rebelión del deseo contra las normas sociales es un tema frecuente en la sala de terapia, en donde por cierto, no sólo se diagnostica 'miedo a la intimidad, problemas de apego o problemas con la autoridad' como Kipnis afirma. Ni tampoco se ve a la rebeldía como neurótica y por suerte, curable. Ni se entiende crecimiento sólo como adaptación. Ni se mandan mensajes sobre 'trabajar más duro en usted mismo', porque no sólo se trata de la persona sino de la sociedad en la que vive. Porque la meta no es apaciguar los deseos y los conflictos, ni venderle a nadie que es anormal si no le interesa el amor.

La palabra contradicción aparece en buena parte de mis artículos. No encuentro mejor forma de describir la experiencia humana. El deseo de intimidad pero también de autonomía. La comodidad y la seguridad de la rutina, pero la muerte del alma frente a lo predecible. El placer de conocer y ser conocido profundamente, pero la rigidez de expectativas que la familiaridad propicia.

Dice Kipnis que las parejas incurren, casi todas, en la rutina conocida: Deja de intentar cambiarme. Deja de culparme por tu infelicidad.

La posibilidad del cambio es, en mi experiencia, lo que más atemoriza a las parejas, que a veces parecen más interesadas en ser estables que en sentirse contentas. Sin embargo, sólo aquellos dispuestos a cambiar y a arriesgar sus certezas, tendrán más posibilidades de que el amor sea juego y no trabajo.

* Basado en el libro Against love: A polemic, Laura Kipnis, 2014, Random House Inc.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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