Opinión

Contemporáneos del mundo


Víctor Roura
¿Por qué se llaman ebooks si su formulación proviene de otra textura? Cuando Gutenberg —a mediados del siglo XV— inventó el maravilloso proceso de la imprenta, los papiros dejaron de llamarse de esa forma para convertirse en libros. Cinco siglos y medio después, la arrolladora tecnología ha desarrollado la manera de llevar los libros a los aparatos digitales para modificar sus estructuras originarias. Los empresarios los han denominado, sin mucha imaginación, ebooks, es decir libros electrónicos, porque han utilizado la misma armadura para su confección... sólo que no físicos, no tangibles, no visibles (a primera vista).
Porque el ebook no existe si no enciendes la computadora, a diferencia de un libro de papel, que allí está, a la espera de ser tocado. Yo, por lo menos, no me imagino tener una amante electrónica, tal como ahora ocurre en distintas partes del mundo: una hindú enamorada de un brasileño, un argentino enamorado de una finlandesa, una coreana enamorada de un sudafricano, una mexicana enamorada de un alemán, un francés enamorado de una congoleña... aunque nunca se hayan visto, sino sólo chateado. Por eso pienso que, como estos romances, el asunto de los ebooks es sólo una cuestión de costumbres y de apreciación, aparte de una moda para los encantados con las novedades tecnológicas, que están, ya, a la espera de la nueva telefonía que incorporará en ella los aditamentos para, digamos, poder jugar tenis desde el asiento de sus vehículos o mirar en vivo, en su breve pantalla led, el próximo concierto de Bruce Springsteen en Milán.
Pues probablemente todo se reduzca a la visibilidad. ¿Puede llamarse biblioteca a un sitio inexistente; es decir, donde no sean visibles los libros sino sólo cuando se aprieten las teclas de un soporte electrónico? ¿Puede llamarse libro a un texto largo que sólo puede ser visto si se enciende una iPad? Yo voy a un museo para ver de cerca las piezas construidas por los artistas plásticos. Porque quiero mirar las texturas, los trazos, los brochazos, sentirme próximo a ella. No miro una exposición en una Tablet, aunque me dicen que ése también será el futuro.
Yo aprecio el álbum completo de un músico, no sólo una canción, ni soy, para mi fortuna, uno de los mil millones de personas que con premura miró el video de un coreano que dicen que baila imitando a un jinete, que no he visto, a la fecha, completo. Porque su canción me parece verdaderamente ínfima. Ahora me dicen que ya nadie debe ocuparse en comprar discos, sino sólo en “bajarlos”. Porque ya no se aprecia el trabajo de arte que hay en ellos: la belleza de las portadas dobles o triples (los magníficos diseños artesanales de Rammstein o de Austin TV, por ejemplo), el cuadernillo con las letras o con un breve ensayo, las fotos, la áurea colocación, el olor de la impresión. No. Nada de eso. Sólo ahora hay que bajar la canción que te gusta, no apreciar la concepción del álbum completo. Para qué. Sólo una canción. Y luego desecharla para escuchar otra, que después también va a ser desechada. Y luego otra, y otra, y otra. (Y así como el LP ha retornado como objeto de culto, nadie sabe si décadas más adelante el libro de papel sea también apreciado como tal, dado su formato y su ornamentado diseño. ¿Quién puede saberlo? Hace acaso un cuarto de siglo yo, por necesidad económica, “vendí” mis casi cinco mil long plays a la UNAM en calidad de “donación” por el risible monto de lo que hoy podrían ser 20 mil pesos, que ahora se traduciría, dada la ingente cantidad de discos raros, desconocidos, descontinuados e imprescindibles, en más, creo, de dos millones de pesos, pero así va uno por la vida de manera inmaterializada, carajo.)
Antes las transformaciones venían de las ideas de los hombres. Y, a pesar de la revolución industrial, a mediados del siglo XVIII —y hasta principios del XIX—, en lo que se dice fue la modificación más radical de la humanidad desde la era neolítica (el desarrollo de la agricultura, unos ocho mil antes de Cristo), etapa en la cual el hombre remplazó al hombre por los novedosos procedimientos tecnológicos, no son sino el Renacimiento y la década de los sesenta del siglo XX los periodos en donde los pensamientos fueron los decisivos guiadores de las revueltas luminosas que cambiaron definitivamente al mundo. Ahora lo que lo transforma son los aparatos electrónicos, no las ideas; de ahí la práctica homogeneidad —¿monotonía?, ¿consonancia?, ¿analogía?, ¿coincidencia?— de los comportamientos globales: la dependencia a los soportes digitales, la sujeción a los lineamientos mediáticos, el sometimiento a las leyes de las invenciones tecnológicas, la adhesión a la masividad uniformadora. Creo que en eso reside la vinculación o, en su caso, la desvinculación con todos estos proyectos: el acercamiento con o el distanciamiento de los dispositivos electrónicos.
Después de todo, ¿a quién conviene que desde este momento las nuevas generaciones sean “educadas” digitalmente (“prometo que todos los niños en las primarias van a tener su computadora e Internet”, ilusionan los políticos, seguramente en acuerdos raudos con el empresariado de la industria electrónica) si no al emporio establecido de las nuevas tecnologías? Cuando los niños ya estén en la etapa universitaria no van a creer, en lo absoluto, en los libros de papel ni en las discusiones filosóficas. Para qué: crecieron con los argumentos de la Internet y no van a creer más que en ella. Tal vez incluso se van a comunicar con sus padres mediante los mensajes celulares, no a través ya de la palabra oral. Televisa lo hizo muy bien en los periodos prohibidos del rock al difundir a las nuevas generaciones (que hoy ya rozan las cuatro décadas de vida) su rock infantil desde temprana edad, razón por la cual hoy incluso “intelectuales” y profesorado en general con esa edad crean a pie juntillas que Timbiriche es el grupo idóneo del rock mexicano: ¿y cómo no lo van a creer si crecieron con ellos, si fueron educados con sus canciones de fondo mientras hacían las tareas?
Igual va a suceder en el futuro: sumérgelos en la Internet para que en el futuro sean consumidores natos de la era mediática.
Y, bueno, luego viene la ilación conductual, la moral vanguardista, el hábito contemporáneo: no podemos rechazar los adelantos tecnológicos porque, al negarlos, no advertimos la coexistencia con los otros; no podemos no mirarlos cuando los tenemos encima: en vida no podemos dejar de ser contemporáneos de las colectividades que nos rodean, aunque no se advierta —o no se quiera advertir—, en lo íntimo, que ahora el dinero camina de manera paralela a las ideas, ¿pues qué valor puede tener un pensador si no está armado de un, digamos, iPad?