Opinión

¿Contamos o inventamos nuestra historia personal?

 
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Diván. (www.archiexpo.es)

J.M. Coetzee y Arabella Kurtz han escrito un cuerpo de reflexiones poderosas llamado El buen relato: Conversaciones sobre la verdad, la ficción y la terapia psicoanalítica (Penguin Random House, 2015), en el que analizan el tema de las historias que contamos desde la perspectiva de un escritor y de una terapeuta psicoanalítica. ¿Contamos o inventamos nuestra autobiografía? Es una pregunta importante al pensar en quienes hemos sido y somos hoy, para elegir un camino u otro para vivir, para creer con fanatismo o prudencia las historias que contamos.

Gracias a la ficción se puede moldear o dar forma a la realidad, que es en parte un acto de creación e imaginación.

Coetzee cuestiona la obsesión del psicoanálisis por encontrar la verdad profunda, por ayudar al paciente a vencer las resistencias que lo mantienen ciego respecto a su verdad más sincera, la que lleva dentro y que quizá ni siquiera se confiesa en la intimidad de su mente. También pregunta si no convendría más creer en nuestras ficciones, no en el sentido de relatos inventados, sino transformados por el lenguaje, reacomodados, con nuevos significados que amplíen una historia que puede ser descrita de muchas formas.

Kurtz considera que la terapia busca la liberación de la narrativa o la imaginación autobiográfica para encontrar eventos que han estado enterrados o que son contados con poca solidez, porque quizá no han sido vistos como importantes en la configuración del destino personal.

Es verdad, coinciden Coetzee y Kurtz, que todos hemos configurado una versión que nos conviene presentarle al mundo sobre quiénes somos, sobre nuestros sufrimientos. “Una historia en la que por lo general nosotros tenemos razón y los demás se equivocan”.

A veces lo que decimos sobre nosotros se estrella dramáticamente con la realidad. Por ejemplo, Óscar, quien está convencido de haber hecho enormes esfuerzos por encontrar un lugar en el mundo de la literatura, de entregarse a su pasión por escribir, de su mala suerte y de no ser bueno para las relaciones públicas, como causa de que su talento no haya sido apreciado.

La imaginación de Óscar y su capacidad para negar algunas realidades no le permiten ver que lleva varios años autodestruyéndose. Ha subido 30 kilos en los últimos cinco años, toma café y alcohol en exceso, come mal, se levanta tarde, pasa sentado horas y horas frente a la computadora, durante las que no escribe más de un párrafo para luego distraerse con cualquier cosa. La “verdad” de quien es él es una versión inventada, que lo protege de asumir la responsabilidad en su fracaso como escritor.

Cuando Óscar cuenta la historia de su vida destaca tres y sólo tres asuntos: el abandono crónico en el que creció porque sus padres tenían que trabajar todo el día, la falta de dinero que le impidió viajar al extranjero para hacer una maestría y la traición de la mujer que amaba, que desesperada por su pasividad depresiva decidió irse porque no quería quedarse con él por lástima.

Óscar podría encontrar relatos alternativos sobre su yo, contando una historia en la que el abandono fuera menos protagónico y quizá destacar, amplificar y abundar sobre su inteligencia, que siempre lo colocó en el lugar del más brillante de la escuela. Una inteligencia natural que le permitía captar los contenidos emocionales de las circunstancias y de las personas, que le daba una abrumadora ventaja descriptiva, intelectual y afectiva sobre sus pares.

Óscar no se dio cuenta que aprendió a ganar dinero desde los 17 años y desde entonces ha sido independiente financieramente. Nunca ha narrado este hecho como un logro del que podría sentirse orgulloso. Tal vez podría dejar de utilizar la palabra traición al referirse a su ex mujer e incluir la idea de que nadie está obligado a lo imposible y que a veces la única conducta amorosa es aceptar que nadie salva a nadie e irse. Si pudiera verse como responsable de algunos eventos de su vida podría entristecerse, sentirse suficientemente culpable y enfrentar por fin su compulsión a caminar en sentido contrario a sus deseos, dirigiéndose casi de modo automático hacia la frustración.

Las verdades sobre el yo evolucionan con el paso del tiempo, con las experiencias. Si hemos contado mil veces nuestra historia, sin alteraciones ni cambios ni una lista de erratas, puede ser que haya llegado la hora de “saquear el almacén de los recuerdos, para reescribir la propia vida”.

Twitter: @valevillag

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