Opinión

Consideraciones sobre un grave problema nacional

21 octubre 2016 5:0
 
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ME. Esfuerzos anticorrupción en México carecen de urgencia.

La corrupción es en nuestro país un tema que parece no tener fin. Una y otra vez está presente –causa la impresión de que ahora mucho más que antes- en la discusión pública, en los medios, en las tribunas legislativas, entre los amigos en sus mesas de café, en fin, en todos los espacios habidos y por haber. Y el supuesto enemigo común de todos sigue ahí, tan campante como siempre.

Como historia permanente, la corrupción es real motivo de escándalo cotidiano. En cuanto a tema general, ha llevado al ciudadano común al hartazgo, quien sin embargo –sin mostrar cansancio- sigue muy pendiente de todos los detalles del caso de moda, pues siempre habrá uno o más que lo estén. Así ha vivido la sociedad mexicana durante los últimos lustros. Y el fenómeno, vamos a llamarle así, parece ir en aumento. Singular paradoja: cuanto más se le combate, más crece.

No hace mucho, quizá una década o tal vez poco más, supimos de la existencia de una medición internacional de la corrupción por países, con su escala de puntuación y toda la cosa. Desde siempre el nuestro ha estado mal calificado, si bien a muchos consuela la existencia de otros, que no son pocos, que están peor.

En lo personal desconozco, lo confieso, cómo se llevan a cabo tales mediciones internacionales. No sé si corresponden a hechos reales y verificables que son objeto de medición –a través, digamos, de numerosísimos usuarios simulados- o se trata simplemente de la medición de percepciones. No se pretende, desde luego, poner objeción al método ideado para llevar a cabo esta medición de lo terrible, sino sencillamente de saber la manera y forma como se efectúa.

Más recientemente, al menos por vía indirecta, conocemos a través de diversos indicadores esta misma medición de la corrupción a escala nacional, por estados de la República. Idéntico comentario al formulado con respecto a la medición internacional, se reproduce aquí. Pero no ha de interpretarse como una impugnación a que la corrupción se mida y sus resultados se difundan, sino como expresión de la necesidad de conocer mejor la naturaleza de la actitud y conducta humanas que la constituyen, así como de las modalidades de como se manifiesta.

No se trata de complicar algo que parece sencillo. Seguramente lo es, pero algunos no lo consideran así. Entre ellos el actual Presidente de la República, quien hace tiempo, quizá con más ingenuidad que mala fe, afirmó que en México la corrupción es de orden cultural. Le llovieron críticas, mismas que tal vez no comprendió, puesto que más recientemente, si bien con otras palabras, tomadas por cierto de los evangelios, volvió a decir prácticamente lo mismo: “quien esté libre de culpa, que lance la primera piedra”.

¿Será necesario que un grupo multidisciplinario de alto nivel, formado por filósofos, historiadores, antropólogos, abogados, teólogos y politólogos, analice el tema con la debida profundidad para esclarecerlo? Es probable.

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