Opinión

Confesión de parte

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil leyó la entrevista exclusiva de León Krauze con Mamá Rosa para la cadena Univision y reproducida en parte en su periódico El Universal. Dios quiera y no le digan a Gil que quiere prender de nuevo la mecha del linchamiento en contra de la señora Verduzco. Ella misma ha reconocido en la entrevista que tenía un reclusorio, una correccional para menores, que vivían detrás de los barrotes, que maltrataba a los niños, que les impedía la libertad cuando se lo pedían, que les daba alimentos caducos y que les cobraba a los padres las visitas a sus hijos. Dicho sea de paso, el desaseado trabajo de la Procuraduría declaró inimputable a la señora Rosa aduciendo demencia senil. Lo que Gamés leyó en la entrevista de León Krauze fue el testimonio de una mujer responsable de sus actos; más aún, defensora de sus actos.

El sopapo

“Uy, yo era buena para el soplamocos, para el sopapo”. León Krauze le pregunta entonces: “¿Por qué cree usted que eso es parte de la disciplina con los niños que usted tenía?”, y Mamá Rosa contesta quitada de la pena: “Pues porque también es parte importante de la línea afectiva (…) Tú has oído el dicho de que ‘si no pegas no quieres’. No porque los corrigiera los iba a dañar”. Muy bonito: la sangre con letra entra, o como se diga, diez varazos y se aprende las tablas de multiplicar en un dos por tres.

La primera pregunta para quienes han defendido contra viento y marea el albergue de La Gran Familia, el historiador Jean Meyer, por ejemplo, es ésta: señor Meyer, ¿está usted de acuerdo en que se maltrate a los niños en la escuela? Meyer afirma que estuvo en mayo de este año en el albergue. Probablemente entró con los ojos vendados, pues Mamá Rosa reconoce que los niños dormían prisioneros, entre barrotes. En los muros y en los salones de clases había barrotes.

O sea, el albergue era una cárcel. Oigan esto que preguntó Krauze y lo que respondió la señora Verduzco: “¿Por qué los dormitorios tenían barrotes?”. Respuesta: “Teníamos hombres y mujeres. Mis chavos no son santos. No me voy a correr el riesgo de que las embaracen a todas. Los salones de clases también tenían barrotes para que no se metan a robarse los materiales (…) No los dejábamos andar mucho en la calle, pero adentro eran libres”. “Adentro eran libres”. Pues sí, “adentro”, porque no había “afuera”, los internos no salían del castillo, no de la pureza sino de la impureza, prohibido ser libre.

Son míos

Gamés supone que Jean Marie Le Clezio podría explicar por qué defiende con tanta vehemencia un centro de reclusión clandestino. No se necesitan más pruebas, basta con la confesión de Mamá Rosa. Krauze: “¿Cómo eran esos procesos con los padres? Mire aquí le traigo a este niño…”. Y Mamá Rosa completa la respuesta: “… porque no lo aguanto, porque se droga, no me regresa a dormir, me vendió la televisión, le dio un balazo a tal persona (…) Déjemelo. Vaya a firmar el convenio”. Y listo, un delincuente entraba a compartir su vida con niños, niñas, hombres y mujeres.

Le pregunta León Krauze a Mamá Rosa qué pasaba si una madre regresaba años después por su hijo: “No se lo doy. Hay que esperar a que se cumpla el convenio”. “¿Y si el niño se quiere ir?”, pregunta Krauze: “Tampoco lo hubiera dejado porque tenemos un convenio”.

La madre, como dueña de sus hijos, con derecho a maltratarlos, encerrarlos, alimentarlos como le venga en gana, retenerlos, ponerlos a trabajar. Van a perdonar a Gil, pero ese albergue huele muy mal y la primera que tendría que responder por las atrocidades cometidas en su interior es la Mamá Rosa, desde luego bajo arresto domiciliario.

Gamés caminó sobre la duela de cedro blanco, tomó del escritorio de finas maderas el frasco que contiene los olores de la santidad, lo abrió: un olor fétido salió del interior. La entrevista de León Krauze ha puesto fin a las dudas sobre lo que ocurría dentro de ese albergue. Mejor fuente de información, imposible: ella misma, la tirana de La Gran Familia.

La máxima de San Agustín espetó dentro del ático de las frases célebres: “En las cosas necesarias, la unidad; en las dudosas, la libertad; y en todas, la caridad”.

Gil s’en va.