Opinión

Concesiones éticas

  
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Concesiones éticas.

Esta semana recibí un correo de Andrea Rosen, una de las galeristas más respetadas en Nueva York que abrió su espacio en 1990, informando que se retiraba parcialmente del mundo del arte, que ya no tendría un espacio permanente y que sólo se dedicaría a algunos proyectos como la representación del legado del artista Félix González Torres.

Félix González Torres (Cuba 1957, Estados Unidos 1996) fue un importante artista cubano-estadounidense, abiertamente gay, que murió por complicaciones ligadas al sida a los 38 años, y que fue el segundo artista fallecido en representar a Estados Unidos en la Bienal de Venecia (2007).

Sus piezas más conocidas son algunas instalaciones hechas con objetos que el público puede llevarse consigo y que son reemplazados por el espacio donde están expuestos. Untitled (Death by Gun) (1990) son pósters que Gonzáles Torres imprimió con las fotos de 460 personas muertas en una semana por disparo de bala, que se apilan para crear una escultura minimalista que los visitantes se pueden llevar, introduciendo la desaparición del objeto de arte, convirtiéndolas en piezas efímeras que, sin embargo, se regeneran constantemente.

Encontramos el mismo espíritu colaborativo en los montículos de dulces de colores arrumbados en una esquina o dispersos en el piso. Cada escultura tiene un peso ideal, 80 kilos de dulces, por ejemplo, que pueden representar el peso medio de un hombre, o la pérdida de peso de su pareja, provocada por la enfermedad. Aquí González Torres buscaba la participación del público para desmitificar al artista (que en sociedades patriarcales curiosamente tienden a ser hombres heterosexuales), así como el objeto de arte, integrándolo a una experiencia de consumo personal (estrategia mucho más inteligente que otras que hemos visto últimamente), pero estableciendo que el cuerpo del espectador es el mismo que el cuerpo del artista, y activando un subtexto que proclama que el espacio de representación debe de estar abierto a todos: emigrados, homosexuales, negros, mujeres o indígenas, por igual.

Las piezas de González Torres introducen la evocación amorosa, la levedad humana en el arte conceptual, establecen una poética a partir de emociones y memorias privadas reveladas, que se vuelven universales, creando un dominio público democratizado donde todos estamos representados y donde todos vamos a desaparecer.

En Untitled (PerfectLovers) (1991) el artista colocó lado a lado dos relojes industriales sincronizados a la misma hora, sobre un fondo pintado de azul cielo, pero como todo tiende a la entropía, los relojes acaban por avanzar a diferentes tiempos, volviéndose a sincronizar eventualmente, como una metáfora del amor, del desamor, y una reflexión sobre nuestro corto tiempo en esta tierra. Somos luces que desaparecen y, para demostrarlo, el artista ideó series de cables con focos entretejidos que cuelgan en el espacio de exposición, donde los focos se van apangando a diferentes tiempos, inexorablemente.

La decisión de Rosen de cerrar su espacio parece estar influenciada por el legado ético que nos dejó el artista. Ella escribió en su correo: “¿Qué papel puedo desempeñar, no sólo en relación con Félix, en mi galería, en el mundo del arte, en el mundo en general? (...) Me he dado cuenta de que para poder darle un ejemplo a mi hija de lo que significa ser un ciudadano activo, amable y comprometido, o de tratar de vivir sin hacer concesiones éticas, necesito tener tiempo y simplificar mi vida”. Rosen, un raro ejemplo en estos días. Chapeau, Andrea!

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