Opinión

Con el reflector encima, todo se nota

El problema de tener el reflector puesto encima es que éste hace que se note y celebre cada éxito, pero también que se condene el más mínimo fracaso. Los medios internacionales pasaron de la más dulce luna de miel con México, al más abrupto distanciamiento.

Justo cuando se disponían a celebrar la indudablemente trascendente aprobación de las reformas estructurales, la administración de EPN recibió el amargo recordatorio de que nadie se acordó de ponerle cimientos al templete. La crisis de Iguala nos recuerda todo aquello que quisimos ignorar: la profunda debilidad institucional de México, la paupérrima impartición de justicia, la escandalosa impunidad, la perturbadora falta de un aparato policial suficiente y eficiente, y la presunta colusión de algunos niveles de gobierno con el crimen organizado.

Importantes pensadores como John Locke y Thomas Hobbes estudiaron el origen de la autoridad dentro del contrato social en el cual todos vivimos. ¿Por qué estamos dispuestos a pagarle un impuesto a un tercero, o a acatar un castigo prescrito por éste? Porque consideramos que su autoridad es legítima. Cuando el régimen político deja de respetar los límites de la ley, esa legitimidad se pierde. Cuando el Estado deja de tener el monopolio en el uso de la fuerza, obliga a la sociedad civil a repensar ese contrato.

Ayotzinapa genera toda suerte de situaciones surreales. La Policía protege a normalistas de otros estados que roban e incendian camiones para ir a protestar a Guerrero, ignorando cualquier derecho a la protección de propiedad privada que podrían tener los dueños de los vehículos; a los normalistas de Ayotzinapa se les trata en los medios como inocentes estudiantes cuando entre sus reprobables acciones se encuentra haber quemado vivo al dependiente de una gasolinera (sin que eso implique en lo absoluto que los derechos humanos de los normalistas sean desechables), y en el transcurso de la búsqueda de éstos, se encuentran decenas de fosas clandestinas, detrás de las cuales hay numerosas denuncias no atendidas y víctimas no vindicadas.

Lo que hace que Ayotzinapa sea potencialmente el catalizador que hacía falta no proviene de la muerte de decenas de jóvenes, por trágica que sea; se origina en la explosiva reacción de grupos sociales diversos y con intereses distintos que expresan su asco por la colusión de PRI, PAN, PRD y Morena con grupos y caciques indiscutiblemente impresentables.

Esta situación retrasará procesos de inversión e impondrá un premio adicional para aquellos dispuestos a asumir “riesgo México”. La única reacción posible de este gobierno será tomar en serio el problema y enfrentarlo, invertir en forma decisiva en mayor transparencia a todos los niveles. Las primeras licitaciones para el tren rápido a Querétaro y el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México pudieron ser mejores. No hay espacio para generar sospecha. EPN tiene que nombrar ya a un irrefutable equipo de notables que trabajen, con absoluta autonomía, en un gran proyecto nacional para fortalecer a las instituciones, forjar un Estado de derecho, incrementar la rendición de cuentas a todos los niveles a partir de entidades claramente empoderadas, profesionalizar Cortes y jueces, y elevar la impartición de justicia muy por encima de su patética condición.

Afortunadamente, parece no haber alternativa. La crisis ocurre cuando se requiere más credibilidad internacional para detonar la inversión que el proyecto de reformas estructurales prometía. El precio del petróleo se mantendrá cerca de los niveles actuales por razones tanto de oferta como de demanda, y las expectativas de una mejoría hacia fines del sexenio no se materializará para la mezcla mexicana, conforme tenga que competir por espacio en las refinerías texanas con el crudo de arenas bituminosas que provendrá de Canadá cuando probablemente se apruebe el oleoducto Keystone XL, después de las elecciones legislativas estadounidenses la próxima semana.

Esta administración tiene que reconocer que la inseguridad no disminuye cuando los medios dejan de reportarla, ni las finanzas del Estado mejoran porque se reclasifique el gasto público. Si hay menos crecimiento y se opta por suplir la falta de ingresos fiscales con endeudamiento gubernamental, estaremos garantizando una crisis sexenal como las de antes. Si no se hace un esfuerzo sin precedente por eficientar y racionalizar el gasto público, no habrá con qué construir la infraestructura necesaria para alcanzar la competitividad indispensable.

Es imprescindible incluir a la comunidad en la reforma del Estado para que ésta prospere. Hay muchos malos y delincuentes en México, pero hay muchos más mexicanos ávidos de oportunidades, dispuestos a construir un futuro prometedor para sus hijos. Este no es un momento para demagogia sino para acciones concretas. La sociedad tiene que pasar del asiento del observador al protagonismo del actor.

El liderazgo se demuestra en las crisis. Los grandes cambios son posibles en las crisis. Aprovechemos ésta para demostrar que las reformas estructurales eran sólo el primer paso para construir el México que todos sabemos posible.

Twitter: @jorgesuarezv