Opinión

Comunicación y angustia

 
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Corruptos, corrupción

El jueves pasado Carlos Elizondo recuperaba en su artículo semanal en Excélsior un texto de Simon Kuper en el Financial Times acerca de si lo que hoy vivimos se parece más a la década de los setenta que a la de los treinta. Es decir, no sería el preludio de una tragedia inmensa, como lo fue la II Guerra Mundial, sino un período de transformación, violento e incierto, que terminará en nuevas propuestas, que a su vez traerán nuevas dificultades, como todo en la historia.

Ayer Luis Rubio tocaba el tema, que ya antes había comentado en estas páginas Enrique Quintana, del pesimismo, o el mal humor, como otros han dicho, que contrasta con un comportamiento económico que, sin ser maravilloso, no es malo.

Ambos enfatizan, con razón, la inseguridad y la corrupción como detonantes de ese malestar, pero Luis incluye otro factor, absoluto lo llama él: la información instantánea que genera expectativas incontenibles. Me parece que hay, tanto en el tema del malestar como en la violencia e incertidumbre, un elemento común que es parcialmente el que identifica Rubio. Me es imposible detallar aquí un argumento muy amplio que estoy desarrollando en un libro, pero permítame presentarle una posible explicación de lo que hoy ocurre en el mundo, y su reflejo en nuestro país.

Los seres humanos lo somos gracias a nuestra capacidad de comunicación. Esa comunicación requiere construir un contexto común y da como resultado una interpretación común del mundo. Y es eso lo que sostiene nuestra organización social. En consecuencia, cuando hay un cambio profundo en la forma de comunicarnos, tanto nuestra interpretación del mundo como nuestra organización social se transforma. Eso ha ocurrido pocas veces en la existencia humana, pero nos toca a nosotros presenciar dos de esos muy pocos eventos (seis en cien mil años).

La invención de la televisión en 1950 (y un poco el cine sonoro y la radio dos décadas antes) transformó por completo la interpretación del mundo y su organización. Es impensable el rock o 1968 sin la televisión. La transformación social que provocaron fue precisamente esa terrible década de los setenta: fin de Bretton Woods, crisis del petróleo, fin de la economía industrial, etcétera. Sin embargo, a partir de 1995 vivimos una nueva transformación profunda, con la aparición de las tecnologías de información y comunicaciones, TIC; el año anterior se creó www y los celulares empezaron a ser accesibles. Esta nueva forma de comunicarnos es totalmente diferente de las anteriores. Hoy la comunicación es en tiempo real (inmediata, como dice Rubio), pero además todos los consumidores de información son simultáneamente productores. Hoy, prácticamente la mitad del mundo está conectada a internet: tres mil 500 millones de seres humanos al alcance de su teléfono.

Esto no sólo impide el control de la información, mediante un par de periódicos o cadenas de televisión, sino que además permite a cada persona seleccionar sus fuentes de información, incluso bloqueando o silenciando a amigos que piensen diferente. De ahí la gran paradoja de que el momento en que podemos comunicarnos con más personas es precisamente el momento en que elegimos hacerlo con menos. Nos convertimos en islas, nos aislamos. Al hacerlo, no sólo se derrumba la comunidad, sino que se construyen realidades alternativas en cada una de las islas. La profunda disonancia cognitiva que esto implica provoca una inmensa angustia, una incertidumbre ilimitada, frente a la cual la respuesta es replegarnos a nuestras creencias, y aferrarnos a ellas.

Pero efectivamente no alcanza el espacio, mañana le digo cómo es que esto impacta la vida de la sociedad. Insisto, en el mundo entero.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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