Opinión

Comunicación social
del jurásico

Hace poco presencié un debate entre legisladores estadounidenses que discutían el embargo comercial a Cuba, ante la abundante evidencia de que la mayoría de los estadounidenses favorecerían levantarlo, después de medio siglo.

En el acalorado debate, un congresista de la Florida argumentó que si una Cámara con mayoría del Partido Demócrata lo hiciera, eso les garantizaría años de derrotas en distritos clave en la Florida (donde, de hecho, la mayoría de los votantes también favorece levantar el embargo). Como él dijo, no se trata de quién y cuántos están en la mayoría, las políticas se hacen pensando en aquellos para quienes éstas son “esenciales”, “de vida o muerte”, independientemente de que sean minoritarios.

Lo mismo puede decirse en cuanto a la Segunda Enmienda estadounidense que da el derecho a portar armas, o sobre un montón de otros temas en los que la mayoría se opone al status quo, pero un grupo reducido está dispuesto a todo para evitar un cambio.
Cada vez es más claro que estamos en un momento en el cual políticas públicas sensatas son obstaculizadas por minorías “decididas”, ya sean “maestros” o “electricistas” aquellos a quienes afectaría un cambio están mucho más decididos a evitarlo que las mayorías que se beneficiarían de éstos.

Por eso es tan peligrosa la arrogancia del gobierno que cree que los beneficios de las reformas estructurales son tan evidentes que no ameritan una estrategia para poblar las filas de los convencidos. Las campañas publicitarias que hablan de cuánto bajará el precio del gas son tan paternales como falaces. No se puede afirmar que bajará el precio de una materia prima cuyo precio se fija en mercados internacionales.

Pero sí se puede hablar de abasto, de productividad, de eficiencia, de inversión, de empleo, de crecimiento, de lo que el resto del mundo está haciendo mientras nuestro legislativo muestra sus limitaciones y los partidos políticos su miopía y debilidad de liderazgo.

Tecnócratas, políticos, secretarios, subsecretarios, todos tienen que dar la cara y no sólo no evitar el debate, sino provocarlo. Se necesita no rebatir los pobres argumentos en contra de las reformas, sino humillar a quienes abrazan premisas tramposas. La gente tiene que entender qué está en juego. La teoría de que es mejor negociar en lo oscurito puede lograr que pase la legislación necesaria, pero es imprescindible que más gente compre los argumentos y esté interesada en el desenlace.

Es indispensable que la gente no sienta a la Reforma Energética como un proyecto “del gobierno” y que se vean como parte de un proyecto que es de todos: gobierno, iniciativa privada y sociedad civil, en busca de un objetivo común, modernizar un país al que le urge crecer.
No necesitamos de “mayorías”. No creo en los gobiernos por referéndum, sino en quienes asumen la responsabilidad del mandato otorgado en elecciones populares y toman decisiones independientemente de la popularidad de éstas.

Creo en líderes capaces de ver más allá de la siguiente elección para articular políticas públicas que generen beneficios reales a largo plazo. En el extremo, creo incluso que en situaciones como el matrimonio de parejas del mismo sexo, los derechos de las minorías tienen que ser protegidos de los prejuicios de las mayorías.

Es fácil ser un líder como Putin que opta por hacer lo que es popular, alimentando el apetito chauvinista de su pueblo, aún cuando sabe que condena a su país al subdesarrollo. Lo difícil es hacer lo que no es popular, sabiendo que a largo plazo es el mejor camino. Pero, es esencial ofrecer argumentos elocuentes a quienes quieran razonar.

El PRI parece atorado en la época de la comunicación social boletinera y del “chayo” como herramientas para aplacar a la opinión pública. Las reformas estructurales son indispensables y la ventana para implementarlas es efímera. Su alcance dependerá de que este gobierno se haga de aliados convencidos.

Urge que Enrique Peña Nieto deje atrás su tonadita de político de antaño, que se suelte la corbata, se despeine, y hable abiertamente de la problemática que enfrentamos. Es un tipo mucho más inteligente de lo que se dice. Tiene que transmitir que así como el problema es de todos, las soluciones requieren de todos. Hay que cambiar la absurda narrativa en la que el gobierno tiene la culpa de todo y tiene que resolverlo todo, mientras los demás ven y juzgan como romanos en el Coliseo. Los grandes cambios se hacen convocando y entusiasmando a la gente con la visión de un futuro mejor.

Responder a las preguntas de Cuarón era necesario, pero fue condescendiente hacerlo hasta después de presentar las leyes.
Hay que aprovechar el reflector y ofrecer respuestas convincentes, sin miedo, mientras todos miran.

@jorgesuarezv