Opinión

Comunicación para
el futuro

  
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ME. ¿La tecnología nos hace sentir viejos?

Hace mucho tiempo, en el mismo año en que yo nací, Kenneth Arrow demostró, sin lugar a dudas, que una sociedad formada por personas mínimamente racionales no puede organizar sus opciones de forma racional. Es decir, que no existe nada que toda la sociedad quiera, y las ideas de interés nacional, bien común y otras similares, no tienen sentido. Por décadas, los expertos han buscado demostrar bajo qué condiciones esta idea de Arrow, conocida como Teorema de Imposibilidad, puede no funcionar. No han logrado algún resultado memorable.

Sin embargo, la idea parecía poco importante porque las opciones sobre las que la sociedad debía decidir eran apenas un puñado, y más o menos podían ordenarse, aunque en dos, o tal vez tres listas distintas. Y cada lista la impulsaba un partido político, de forma que, en las elecciones, la sociedad optaba por una de las listas. No porque a todos les pareciera bien, sólo a una mayoría, que además no podía elegir entre múltiples opciones, sólo las que correspondían a los dos o tres partidos mayoritarios. Usted conoce esto perfectamente.

En ese tiempo, los puntos que se discutían, y la discusión misma, ocurrían a través de un puñado de medios masivos: un par de periódicos y un par de cadenas de televisión o radio. No me refiero a México, sino a cualquier nación. En Europa, por ejemplo, en esos años había muy pocos canales de televisión, y todos en manos del gobierno. Éste fijaba la agenda pública (junto con las élites, si gusta), controlaba su discusión, y proponía dos o tres alternativas cada cierto tiempo para que el voto las legitimara, seleccionando una entre ellas.

La aparición de las yecnologías de la información y comunicaciones, y especialmente el ascenso de las redes sociales, ha derrumbado ese proceso. Ahora no hay dos o tres opciones, hay miles: animalistas, peatones, bikers, runners, antitaurinos, defensores de diversos géneros sexuales, etcétera. La agenda pública no la determina el gobierno, sino las redes. La aparición de centenares de grupos con agenda propia obliga al gobierno a reaccionar como pueda. Y no puede mucho.

Nuestro mecanismo de elección sigue siendo el que inventamos en los tiempos de la imprenta, si acaso mejorado con los medios masivos: dos o tres partidos, una fecha de votación y un gobierno que administra. Pero eso servía cuando las opciones las fijaba el gobierno a través de la agenda pública, y entonces discutíamos dos o tres cosas: más salario, más impuestos, más gasto en educación o salud. Ahora los temas son, literalmente, incontables.

En el desequilibrio entre el comportamiento público y el mecanismo político, quienes saben hablar a un mayor número de grupos están teniendo éxito. Eso implica moverse en agendas totalmente distintas de lo tradicional: hay que meterse en temas que ya creíamos superados, para obtener los votos de los reaccionarios y tradicionalistas; hay que ofrecer ideas económicas absurdas, pero que suenen razonables a grupos que están dispuestos a reaccionar; hay que construir enemigos que puedan ser comunes a todos esos grupos. Por ejemplo, medios masivos y políticos tradicionales.

Ese tipo de político es el que está ganando. No porque la globalización haya ampliado la desigualdad, o el 1.0 por ciento sea más rico, como creen muchos. El fenómeno es otro, y lo puede aprovechar quien lo entienda: es un asunto de comunicación, como lo son todos los asuntos verdaderamente importantes entre humanos.

Si quieren derrotar a Trump, tienen que salirse de los medios tradicionales. Si quieren evitar a Le Pen, lo mismo. Si quieren un futuro para todos, urge hacerlo.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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