Opinión

Como va en el país el Protocolo de Madrid

A 18 meses de la entrada en vigor en nuestro país del llamado Protocolo de Madrid, resulta necesario hacer un corte de caja sobre sus efectos reales en nuestro sistema de regulación de signos distintivos, contrastándolo en relación a los temores y expectativas que despertaba.

La opción que este tratado brinda a las empresas basadas en los países que lo integran se traduce en que puedan realizar el registro de su marca en diversos mercados en forma simultánea, a través de la presentación de una solicitud internacional única. Sin embargo, tal solicitud debe convertirse, en caso de proceder, en un registro nacional idéntico a los demás que se otorgan por cada Oficina de Marcas, en cada territorio. Costos más bajos y gestiones simplificadas frente al sistema tradicional.

La principal objeción en relación a este tratado internacional se orientaba a considerar que su utilización generaría una carga muy importante de trabajo al Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial, a cambio de muy escasos beneficios para los empresarios nacionales que decidieran hacer uso del instrumento para registrar sus marcas en el extranjero.

Hasta este momento los números, en efecto, muestran un creciente empleo del Protocolo de Madrid como ruta para ingresar solicitudes de marca de origen extranjero a México, llegando en estos 18 meses a una cifra cercana a las 18,000. De ese número, la mitad corresponde al primer año y las restantes a solo 6 meses, lo que demuestra el crecimiento significativo de su relevancia como instrumento de acceso. De hecho, considerando que en México se presentan alrededor de 115,000 solicitudes de marca en un año, y que 55,000 son de empresas extranjeras, resultaría que una buena porción está ya empleando esta alternativa.

La conclusión en este sentido es que es aún prematuro para determinar que los efectos inconvenientes del Protocolo como “saturador del sistema” se estén surtiendo; sin embargo, de seguir en esa tendencia, es predecible que, en efecto, en una ventana a cinco años, las solicitudes de este tipo empiecen a congestionar las tuberías de un sistema regulatorio altamente ineficiente. En ese mismo sentido, debemos decir, es también pronto para anticipar que el efecto tractor que el registro de una marca tiene para atraer inversión extranjera, se esté causando. Habrá que esperar unos años más para detectarlo.

Lo que resulta preocupante, en contrasentido de este número, es la baja incidencia de uso del Protocolo para dar salida a solicitudes de empresas mexicanas que recurren a sus beneficios para preparar su ingreso a mercados foráneos; 105 solicitudes en todo el periodo es sintomáticamente bajo. La preocupación, creo, corre por doble vía. Por una parte, porque es evidente que el instrumento ha resultado aún ajeno al empresario nacional que requiere proteger sus marcas fuera, pero lo más grave, porque no estemos produciendo un volumen de negocio suficiente hacia el extranjero, de mercancías de valor agregado que deban distinguirse con propiedad intelectual de origen.

Esa es la parte del asunto que más nos debería ocupar. Una falla sistémica que a estas alturas del juego del libre mercado internacional en nuestra economía, ya debería haber mutado hacia tendencias más optimistas. Seguimos volcados en atraer inversión como la gasolina urgente que permita mantener caminando la maquinaria, pero estamos olvidando generar el insumo más caro y más eficiente, que es el gusto mundial por nuestras mercancías, nuestra tecnología, nuestros productos de origen y nuestras marcas.

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