Opinión

Cómo sobrevivir el resto del sexenio y no morir en el intento

 
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Enrique Peña Nieto

Al presidente Enrique Peña Nieto literalmente se le acabó el tiempo. Si va a cambiar el rumbo de su presidencia tendrá en algunas semanas que anunciar e implementar su nueva estrategia de gobernabilidad que guiará el resto de su sexenio y que definirá su legado político e histórico.

Si el presidente decide no anunciar ningún cambio en estos días, hacer anuncios intrascendentes o nombramientos irrelevantes, esto también deberá de entenderse como una decisión de Estado: el presidente mantendrá el actual rumbo hasta el final del sexenio.

Aun el año pasado, en el Tercer Informe de Gobierno, había expectativa de que habría gabinetazo que reflejara la transición a un equipo con la capacidad de implementar las reformas estructurales y proteger la deteriorada imagen del presidente.

Y aunque en ese momento sí hubo cambios importantes en el gabinete, ya que Aurelio Nuño se fue a Educación, José Antonio Meade a Desarrollo Social, Enrique de la Madrid a Turismo, José Calzada a Sagarpa y Claudia Ruiz a Relaciones Exteriores, más que marcar un cambio de rumbo, lo que hizo el presidente Peña fue abrir el abanico de posibles presidenciables. No es claro si ese era el objetivo de Peña Nieto, pero el nuevo gabinete no marcó nuevo rumbo, posiblemente el gabinetazo de 2015 incrementó los problemas de gobernabilidad del país.

El no establecer una nueva estrategia hace un año está creando un gran dilema para el primer mandatario: ¿Deberá darle prioridad a la sucesión presidencial fortaleciendo las posibilidades de que el PRI regrese a Los Pinos en 2018? ¿O deberá el presidente rescatar las reformas estructurales, mejorar la gobernabilidad en el país y asegurar su legado histórico?

El problema del Peña Nieto es que de no tomar decisiones que permitan un cambio de rumbo, él y México se encontrarán en la peor de las situaciones: un país que rápidamente continúa 'desordenándose' debido a la guerra intestina entre los posibles candidatos a la presidencia (no sólo del PRI, sino de todos los partidos) y un presidente que continuará con el índice de aprobación más bajo de la historia, impactando su credibilidad y su capacidad de gobernar, especialmente si surge una crisis extraordinaria en el país.

Las decisiones que tome el presidente (ya sea de buscar un nuevo rumbo o no) tienen que ser en las siguientes semanas, ya que esto impactará la agenda legislativa, las elecciones en 2017 (incluyendo el Estado de México), la capacidad de negociar con el nuevo presidente o presidenta de Estados Unidos, y afectará no sólo la transición en 2018, sino también la persecución de gobernadores y funcionarios corruptos, la estrategia para enfrentar la creciente violencia en el país, y los pasos que se tomarán para contrarrestar la desaceleración económica.

Desafortunadamente, en este momento cualquier decisión de Estado parecería estar enmarcado en los intereses de los diferentes actores que buscan ser el siguiente presidente de México.

Lo fascinante de la inacción del Peña Nieto es que, literalmente, cualquiera que desee ser candidato tendrá probablemente que renunciar a su cargo en un año. Y como son varios los secretarios que han expresado interés en reemplazar a Peña, podría surgir una situación donde varios de los puestos claves del gobierno requerirán de un nuevo secretario y su respectivo equipo en un momento donde posiblemente habría una crisis ante las dificultades que enfrentará el país en 2017, antesala de las elecciones presidenciales de 2018.

Además de un cambio en el gabinete, que en la mejor de las situaciones debería de suceder como parte del Cuarto Informe de Gobierno, el presidente necesita ser claro y contundente sobre por qué se hicieron estos cambios y cómo se reflejará en una nueva estrategia, cuáles serán sus prioridades de Estado, y los responsables políticos de las diferentes partes de la nueva estrategia.

Lo difícil para el presidente será reconocer el por qué del cambio de estrategia y cuáles han sido sus errores. Se puede pedir perdón, pero si esto no está respaldado por acciones concretas que demuestren este reconocimiento, cualquier cambio que haga Peña no tendrá la credibilidad que necesita.

Reconocer que hay corrupción del gobierno no sirve de mucho si no está respaldado por funcionarios castigados; aceptar que hubo errores en las reformas sólo enfurecerá si no se proponen contrarreformas; hablar de cómo enfrentar la inseguridad será fútil si no hay un cambio de estrategia con efectos inmediatos.

Lo más importante será que, si hubo errores, deberán haber consecuencias para que las decisiones del presidente tengan credibilidad.

Twitter: @Amsalazar

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