Opinión

Cómo calmar el nerviosismo de
hablar en público

26 diciembre 2014 8:22
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Para un emprendedor, dar discursos es una tarea cotidiana y una habilidad esencial. Cuando lances tu negocio y conforme éste crezca, probablemente te encontrarás haciendo presentaciones ante potenciales inversionistas, animando a tus empleados en momentos cruciales y representando tu negocio ante los medios. Si estás pensando en una carrera como emprendedor, quizá quieras prepararte para los días en que te encuentres enfrente de un grupo o una multitud con un micrófono en la mano.

Yo detesto pronunciar discursos y siempre lo he odiado. Ofrezco muchos de ellos en estos días, pero eso es casi tan cierto actualmente como lo era cuando hablé por primera vez en público cuando era estudiante hace unos 50 años.

En ese entonces, mi escuela estaba organizando un concurso en el cual nosotros teníamos que memorizar unas palabras y presentarlas ante los otros estudiantes. Si nos equivocábamos en algún momento, sonaban el gong, con lo cual terminaba la participación. Recuerdo estar medio muerto de miedo cuando llegó mi turno y tuve que pararme enfrente de mis compañeros de clase; aún empiezo a sudar frío de sólo pensar en esa horrorosa experiencia.

Aparte del nerviosismo, nunca he disfrutado particularmente el hablar en público. Y como sucede con todo lo demás que no he disfrutado particularmente, por mucho tiempo no lo hice muy bien. A lo largo de los años, sin embargo, he adquirido más práctica, aunque aún me pone un poco nervioso.

En los círculos políticos, la capacidad para ofrecer un discurso de campaña grandioso hace que muchos candidatos, -de otro modo distintivamente mediocres- resulten elegidos, pero dudo que muchas personas en los negocios sean contratadas o ascendidas estrictamente con base en sus capacidades para hablar en público, aunque ese talento pudiera ser útil. Sin embargo, una ineludible realidad de los negocios es que entre más exitoso te vuelvas y más alto asciendas en la escalera corporativa, más frecuentemente se te solicitará que tomes un micrófono.

En mi caso, el difunto Gavin Maxwell, el autor de “Ring of Bright Water” y otras novelas, alguna vez me dio algunos consejos maravillosamente útiles. Su técnica requiere práctica, pero puede ser efectiva.

Hela aquí: Cuando necesites hablar ante una multitud, cierra tu mente al hecho de que estás en un escenario con cientos de personas viéndote y más bien imagínate en una situación en que te sentirían cómodo hablando ante un grupo. Por ejemplo, imagina que están en tu comedor en casa, contando una historia a amigos durante la cena. Sé que suena un poco cursi, pero pruébalo; este truco ciertamente me quitó parte de la ansiedad.

Soy un enorme fanático de Winston Churchill, quien es universalmente reconocido como uno de los más grandiosos oradores de todos los tiempos. Sin embargo, Churchill sólo logró este estatus después de mucho trabajo duro. El exprimer ministro británico afirmó en su biografía que en promedio se preparaba durante una hora por cada minuto de un discurso.

Como Churchill, descubrí que si uno practica, practica, practica y luego practica un poco más, eso gradualmente mitigará el temor de hablar en público, sin importar cuán debilitante sea. Repite las frases hasta que incluso las estés repitiendo en tus sueños y será mucho más fácil que las pronuncies.

Churchill también dijo una vez: “Un buen discurso debería ser como la falda de una mujer: lo suficientemente largo para cubrir el tema y lo bastante corto para crear interés”. Toma este consejo en serio. Incluso los oradores altamente dotados como Churchill nunca pedirían a un público que los escucharan por más de 25 minutos. Extender una presentación más allá de media hora estirará el periodo de atención de cualquier grupo.

Mark Twain, quien junto con Ernest Hemingway es uno de mis autores estadounidenses favoritos, también era un orador altamente aclamado y, como Churchill, disfrutaba hablar sobre el hablar.

Twain estaba consciente de la percepción errónea de que para ser un gran elaborador de discursos uno debe ser bueno hablando improvisadamente. Él abordó este tema en 1899 cuando, al hablar en una cena ofrecida en su honor en el Whitefriars Club de Londres, dijo: “Hablar improvisadamente, eso es difícil. Yo empezaba una semana antes, y escribía mi discurso improvisado y lo comprendía a fondo”.

Otro astuto consejo de Twain, el cual he mencionado antes, me hace sentir mucho mejor sobre mi propia aprensión. Una vez insistió en que “hay sólo dos tipos de oradores en el mundo: los nerviosos y los mentirosos”. Así que si te pones nervioso, estás bien acompañado.

Después de años de práctica, incluso los mejores y más experimentados oradores aún se ponen nerviosos, así que si te sientes intimidado por ofrecer un discurso, no te preocupes por ello. Un poco de nerviosismo afina la mente, hace que la adrenalina fluya y te ayuda a enfocarte; al menos, esa es la teoría.

¡Buena suerte!

Si uno practica, practica, practica y luego practica un poco más, eso gradualmente mitigará el temor