Opinión

Comienzo de semestre

 
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La macha llegó a la Rectoría de Ciudad Universitaria. (Alejandro Meléndez)

Uno. El Seminario que imparto en el posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, se propone examinar, bajo la perspectiva generacional, el siglo XX literario mexicano. Arranca en 1898, con los disipados Modernistas, y cierra con dos declaradas generaciones, la del Crack y la de los Enterradores. 2000.

Dos. Cada ocasión varía la nómina de alumnos que, idealmente, combina posgraduables de Letras y de Historia (el semestre anterior, trabajé con dos encantadoras checas, ahora que la movilidad de la máxima casa de estudios no reconoce fronteras, ni en México ni fuera de México). La lista actual arroja cuatro alumnos, todos de literatura.

Tres. Hace rato fragmentados, un tanto hagiográficos (cada quien para su capilla), ayunos aún de planes y programas de investigación, a los Estudios Literarios les vienen como anillo al dedo los Estudios Históricos. El documento. La crítica de fuentes (no hablo del inmenso don Carlos). El contexto de todo texto. Antiguo territorio por fortuna transfronterizo: la Filología, ciencia y arte del rescate, ecdótica.

Cuatro. Dada la situación que vivimos, para la primera sesión del seminario preparé una exposición a ojo de pájaro de los planos internacional, nacional, metropolitano, literario. No escapó a mi atención lo que el dueño del equipo, está haciendo con el Guadalajara, su tradición gloriosa y su fanaticada (en mi larga etapa de futbolista fui, además de líbero, “chiva”).

Cinco. El texto inaugural cubría dos propósitos. Conciencia del lugar desde el que se examinará la literatura del siglo pasado, alta lumbre.

Conciencia del privilegio de formar parte de los 28,638 inscritos al posgrado (información oficial).

Seis. La dificultad de los “cortes” del tiempo presente es la rapidez del desastre. Los países que aún permanecen en la Comunidad Europea no dan una. Francia se hace rehén. Alemania se neo-re-nazifica. España no consigue formar gobierno (la familia real ya fue y vino de vacaciones marítimas). Inglaterra, entre que no y sí, no descubre todavía las varas, miles, de la camisa en la que se metió.

Siete. En México, la estupefacción no tiene para cuándo. Siempre sí se paga a los maestros faltistas y revoltosos (y cada quien negocia, en la Mesa de Gobernación, lo que le conviene). La verdad sobre Ayotzinapa-Iguala, en mi Guerrero Mártir, se desvanece en la medida que se crean comisiones y subcomisiones. Etcétera.

Ocho. El Constituyente (que no constituye nada nuevo) de una Constitución (ya prevista), de la Ciudad de México, forma un bosque tan grande que no deja ver los árboles. Lo que no inhibe una manirrota publicidad a la que no queda otro calificativo que Fresa Mexicano.

Catrinas escuchando organilleros, tortas, tacos, cumbias, pintores de brocha gorda, la Frida hasta en la sopa, cháchara disque arrabalera, quinceañeras en el Ángel de la Independencia (el blog “Puño electrónico” pronto dará a conocer una foto de la colocación, en 1910, de la Victoria Alada que volará al suelo de Reforma en 1956).

Nueve. ¿Y las letras? Triunfo total de las Leyes de la Rentabilidad sobre las de la Estética. Libros sobre narcos, damas de compañía (llevo anotados dos), Gúrus del Alma, políticos en desgracia o camino a ser desgraciados, anatomías perfectas en mentes devastadas, y un gran etcétera.

Diez. Guardo discreto, sepulcral silencio sobre el desempeño de la delegación nacional en Río de Janeiro (el señor Castillo bien, inventado teorías sobre “Lo importante no es competir sino perder”).

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