Me asusta lo que miro en torno mío

Víctor Roura - Miércoles, 24 de Abril de 2013 14:50

 

 

 

 

Toma asiento, voy a decir una cosa.

Hace calor. Cómo quisiera

hablar de los vientos

que mueven al mar,

insolentes y drásticos,

que lo desquician,

que lo envuelven en una injuria

de salvaje apoteosis.

Cómo quisiera hablar

de los engaños que perturban

la vida, que la ahogan,

que nos puede volver locos.

Pero voy a decir otra cosa.

Se trata de los tornados

de la invisibilidad.

Hace varios días no te miro,

no sé dónde estás,

no sé quién eres,

no estoy contigo

cuando estoy contigo,

no te distingo.

¿Dónde te has ido

a pesar de que estás a mi lado?

¿Dónde está tu voz

cuando hablas?

¿Dónde está el encanto

que se anidaba en mi cuerpo?

¿Dónde están las palabras

que yacían —estremecedoras—

en tu ombligo,

en tus caderas,

en tus ojos vivos?

Toma asiento.

Voy a hablar de los tornados

de la invisibilidad.

¿Tú me miras cuando

me levanto en las mañanas

para asomarme en el espejo,

para saber si aún estoy en mí,

para corroborar mi existencia?

Porque yo no te miro

ni cuando tu cuerpo

se acuesta desnudo

a un costado mío.

¿Es tu cuerpo aún mío?

¿Es mi cuerpo aún tuyo?

No digas nada.

Los pájaros silban

en el amanecer

—¿no duermen, acaso?—,

el ruido de tu silencio

me produce diminutas agonías.

Y en ellas vivo

en un remanso quieto.

Como en una laguna

sin embarcaciones,

sin hombres, sin fauna,

sin respiraciones.

§

Rezo a un santo pétreo,

a un santo no incorporado

en la santidad,

a un santo que no lo es.

Rezo a un santo

cuyo nombre ignoro,

rezo a un santo

que no me va a conceder

un milagro, un suspiro,

un quebranto, un aliento.

Rezo, pecador ingrato,

por los gritos

que mis oídos escuchan

en la medianoche,

por los gritos míos

en su cuerpo sosegado.

¿Por qué el olvido

no muere cuando se retira?

Nuestros cuerpos

se delinean en otros cuerpos,

se desfiguran, los desfiguramos,

los violentamos,

los crucificamos.

Un garabato es mi cuerpo

con los años idos.

Rezo a un santo

que no tiene nombre.

Rezo noche y día.

Me asusta lo que miro

en torno mío,

porque me pertenece:

el vacío de la quietud,

el tiempo que no pasa,

la furia desbordada

de los besos inexplicables,

el amor contra los cuerpos

finitos de luna vencida.

Rezo a un santo pétreo

en su atrio infernal

para que me conduzca

con su mortecina luz

a las cavernas del delirio

de tu gozo inconfesado.

§

Amor, mi cabeza delira:

dame una pequeña mentira

a cambio de un exiguo engaño.

Y nadie, no, se va a hacer daño.

Ha transcurrido más de un año

—pero al decirlo no me ensaño—

y lo nuestro carece de ira:

dímelo mejor tú, ¿a qué aspira

una relación sin disturbios,

siempre con besos en los labios,

con amaneceres de ensueño?

Arrebátame el dulce sueño.

Amor, mi cabeza delira:

inventa pronto una mentira.

§

Háblame de muchedumbres,

de señoríos fragmentados,

de siluetas en el olvido,

de mares disecados.

Quiero oír de destierros,

de lumbres que no queman,

de circos clausurados,

de sortilegios en la penumbra.

Háblame de tus vergüenzas,

de tus noches de armiño,

de los cantos susurrados

en las iglesias clausuradas.

Quiero oír en tu voz las voces

de los amantes arrepentidos,

los gritos de los gozos

de las enmudecidas sirenas.

Háblame de provocaciones adúlteras,

de enfermedades del fin del mundo,

háblame de tu atónita sorpresa al

mirarme entrar y tú en otro muy adentro.