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Juan Domingo Argüelles - Martes, 26 de Marzo de 2013 10:18
1. Con lucidez y buen humor, André Comte-Sponville evidencia que la medicina actual nos ha hecho creer que podemos 'morir curados'. ¿Cómo es esto? Muy simple: en lugar de prepararnos para la muerte, nos prepara para la inmortalidad.
'¿Morir curados?', ironiza el filósofo. La medicina se ha convertido en una mina de dinero y de mentiras: los hospitales no le dicen al enfermo incurable que se va a morir, sino que se va a curar. Y luego de 'curarlo' (exprimirlo y trasquilarlo), lo dan de alta para que se vaya a su casa y muera 'sano'. Así funciona. Incluso la vejez te la hacen pasar como una enfermedad: cremas contra las arrugas, tratamientos para retardar el envejecimiento, pócimas para rejuvenecer.
¡Pamplinas! Es una conjura contra la lógica. "La enfermedad no demuestra nada contra la salud ni la muerte contra la vida", explica Comte-Sponville, pues a final de cuentas ni la medicina ni la salud bastan, porque de todos modos uno morirá. Lo normal es morir, y "envejecer y morir forman parte de nuestro destino ordinario... Que se pueda morir con buena salud no es, entonces, ni absurdo ni contradictorio". Y citando al viejo Montaigne, nos recuerda: "No mueres porque estés enfermo, mueres porque estás vivo". Ni más ni menos. Y lo de rejuvenecer es uno de los disparates más rentables y lucrativos de la charlatanería médica.
2. ¿Morir curado? Ya vimos que sí. Pero, ¿y morir premiado? También. Es una de las formas de proceder de las instituciones culturales y hasta de los propios colegas escritores que forman parte de los jurados de literatura. Cuando alguien está muy enfermo, cuando ya lo zopilotean (y compungidos dicen que Fulano está muy grave y que puede morir), le dan el Premio Equis. A eso se le llama morir premiado. No se lo dieron antes ni por méritos ni por palancas, y ahora se lo dan por una hipócrita piedad. Si no merece un premio, que no se lo den; pero no hay nada más despiadado, burlesco y bufo que morir premiado.
3. Los más energúmenos conductores automovilísticos, que te mientan la madre, a voz en cuello y con el puntual claxon, y te enseñan el dedo medio mientras vociferan que te mueras, tienen, invariablemente, colgando del espejo retrovisor de su coche un rosario bendito. Dios, los santos y la Virgen los acompañan. Es así como entienden la religión. ¡Que Dios los guarde!
4. Funcionarios y 'representantes populares' (así les decimos a los diputados y senadores) que tienen intereses y participación en múltiples negocios no siempre limpios, ¿podrían ceder sus privilegios cuando legislen a favor de las mayorías? La pregunta es más que ingenua, pues la respuesta ya se adivina. Nadie se da con una piedra en la boca. Y así funciona la disparatada política en México. Si un diputado tiene una flotilla de taxis o de microbuses, ¿legislará para mejorar el transporte público? Si un senador es dueño de antros y casinos, ¿legislará para regular los llamados 'giros negros'? Si un gobernador es propietario de farmacias, ¿favorecerá una política de precios bajos en los medicamentos? ¿Por qué cree usted que le apuesta tanto a la infraestructura pública el funcionario que es socio de constructoras? El drama de nuestro país es la simulación ante el conflicto de intereses. Y lo peor es que ya todo esto nos parece 'normal'.
5. La gente sabe que la burocracia (es decir, el gobierno) no está para ayudarla sino para ponerle obstáculos. Lo sabe, lo teme y, además, en general, está resignada ante ello. La burocracia es ese ámbito en el que nadie está dispuesto a ayudar y todos están listos a obstaculizar. En la burocracia el monosílabo 'no' y la frase 'no se puede' constituyen su razón de ser.
El obstáculo como paradigma lo representan, en México, los 'topes' (es decir, los reductores de velocidad) en las calles, según lo ha visto con gracia y lucidez Ignacio Padilla. "Sólo en México es posible encontrar topes prácticamente como política de Estado", escribe Padilla. Los 'topes' son símbolos de nuestra cultura del obstáculo, pues configuran, en realidad, la más clara intención de frenarlo todo. Los 'topes' evidencian también nuestra vocación por el disparate: no hay ni un protocolo ni una norma y ni siquiera un estándar para los 'topes': los hay del tamaño de montañas y de las formas más diversas y caprichosas. Y aparecen de la nada, sin lógica ni concierto. Los 'topes' son el símbolo fiel de la burocracia: obstáculos que te salen al paso para que te frenes. ¿Y qué hace el mexicano frente a los 'topes'? Les saca la vuelta, los bordea subiéndose a la banqueta, o de plano se los brinca. Y con ello queda cerrado el círculo de la burocracia: frente al obstáculo, la corrupción.