Altruismos culturales

Juan Domingo Argüelles - Martes, 12 de Marzo de 2013 10:20

 

 

 

1. Es muy fácil ser altruista cuando se tiene mucha lana. Con esta misma facilidad, ciertos altruistas piensan que los demás deben ser también altruistas aunque no tengan la misma lana que ellos. Hay instancias privadas que muestran su sorpresa de que un profesional en la cultura tenga la osadía de preguntar por honorarios ante invitaciones cordialísimas. 'Es que nosotros somos una instancia sin fines de lucro', dicen sus directivos que, por supuesto, cobran puntuales (y muy bien) en esos puestos directivos. "Es que lo que nos anima es un espíritu filantrópico". Muy bien, les digo. Pero yo no puedo ser filántropo como ustedes porque no tengo los millones que ustedes tienen para desarrollar su altruismo. Y al otro lado de la línea sólo escucho el silencio; un silencio prolongado que luego se convierte en explicación enredada y disparatada de quienes son incapaces de entender que están en puestos directivos pagados y que, por ese sólo hecho, no pueden pedirle a nadie que les trabaje gratis.

 

2. No sólo las instancias privadas filantrópicas, sino también las instancias públicas (municipales, estatales y federales) te salen con invitaciones a dar conferencias, cursos, charlas, y a fungir como jurado de becas y premios literarios que otorgan miles de pesos a los ganadores, pero que no consideran que ese trabajo especializado profesional merezca una retribución económica. Se adornan en nombre de la cultura, pero cuando se les pregunta por los honorarios que tienen contemplados (que, seguramente, tendrán contemplados) para estas responsabilidades profesionales, te salen con que las instituciones pagarán el traslado aéreo, el hospedaje y la alimentación del participante (¡faltaba más!), pero que no tienen un presupuesto asignado para cubrir honorarios. Entonces que apaguen la luz, cierren la puerta y que se vayan a su casa. Pero no. Te insisten en que incluso, si lo deseas, te puedes quedar unos días más en el hotel, con todo pagado, para disfrutar las bellezas naturales del lugar. (¡Pero no tienen para remuneraciones!)

 

3. ¿Cómo ven las instancias públicas y privadas a los profesionales de la cultura en México? Obvio: como a unos buenos para nada que se la pasan hurgándose las narices y rascándose las rótulas mientras miran pasar la eternidad. Entonces, una llamada telefónica o un correo electrónico donde se les invite a participar en una actividad será el mejor pretexto para abandonar esa molicie y salir hechos la raya a tomar un avión, comer en un hotel y echar rollo en una actividad organizada por las ínclitas autoridades o por los no menos ínclitos directivos de empresas privadas con fundaciones culturales sin fines de lucro (pero con fines deducibles de impuestos).

 

4. ¿Esto sólo ocurre en México? No, por cierto. Acabo de rechazar una invitación a la Feria Internacional del Libro de Venezuela, adonde iría a impartir una conferencia y a participar en una mesa redonda sobre la lectura. Ya mucho había sido aceptar estar allá sin honorarios, pero al final me salieron con que sólo podían pagar un vuelo que salía de México a la una de la madrugada. Les dije: 'Consigan otro itinerario'. Me dijeron: 'Es que el otro itinerario nos triplica el costo del boleto'. Les respondí: 'Muchas gracias. Será en otra ocasión'. ¿Por qué tendría yo que subsidiar al chavismo y sacrificar mis horas de sueño?

 

5. Hay una cosa que yo no hago: salir de mi casa para ir a meterme a un hotel, 4 o 5 días, a costa de nadie: ni del erario ni del dinero privado. Cuando salgo de mi casa a una actividad voy a cumplir exactamente esa actividad, con todo profesionalismo, y me regreso de inmediato después de haber realizado mis tareas perfectamente establecidas en contrato. Sé que hay mucha gente que de mil amores va gratis y se cobra en especie lo que no le dan en honorarios. Por eso es que en la cultura todo se resuelve en dádivas, y por ello mismo son dadivosos (pero no profesionales) los que van a perorar cualquier cosa que ellos denominan 'cultura'.

 

6. A lo largo de cada año cumplo con 6 o 7 actividades de contribución social, en el ámbito de la promoción de la lectura. Doy conferencias o charlas a instancias ciudadanas que carecen de todo presupuesto o a ciudadanos mismos que tienen una gran disposición para promover y fomentar la lectura, pero que carecen de apoyos económicos del gobierno o de la iniciativa privada. Lo hago de mil amores. Lo que no hago es darles gratuitamente mi experiencia y oficios ni al gobierno ni a las empresas, ni a los empresarios ni a los funcionarios. Sólo lo haré cuando mis recibos telefónicos y de luz me lleguen en ceros y cuando el gobierno me exima de pagar impuestos. Sería lo justo, ¿no?

 

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