Los intelectuales y la verdad

Juan Domingo Argüelles - Martes, 05 de Marzo de 2013 09:04

 

 

1. Desde el momento mismo en que un intelectual, por muy respetable que sea, se convierte en funcionario, comienza a mentir sistemáticamente. Es obvio: si dice la verdad tendría que abandonar su cargo, sea por voluntad propia o porque lo echarán a la calle sus superiores jerárquicos.

 

2. La distancia que hay entre el discurso público y la verdad es abismal. No importa el ámbito: todo lo contradice la realidad. En la economía, en lo social, en lo educativo, en lo cultural, en todo. Los funcionarios hacen declaraciones e informes para justificar su puesto y su sueldo; por ello tienen que echar mano de estadísticas mentirosas y de datos falsos. Y en este perverso engranaje van lo mismo los directivos de los institutos de salud que los encargados del tema de la lectura. Cifras, cifras y más cifras, todas ellas manipuladas, que nadie descifra. Todo se acomoda conforme más y mejor convenga. Ésta es una de las mayores desdichas de nuestro país, que es causa también de otras más.

 

3. En 1978 Jorge Ibargüengoitia dijo: 'La vida política en México es puro teatro'. Lo sigue siendo. Y teatro del peor. Este mismo teatro es el que representan los intelectuales, muchos de ellos generosamente subvencionados por el poder en turno. Los escritores, los literatos, se han convertido en México en un poder mediático que el poder político consiente y homenajea con esmero para limarles las uñas, los dientes, los filos, y tenerlos muy contentos.

 

4. Para un intelectual, tener razón es poseerla (manipularla y monopolizarla) o que alguien (una mayoría o un poder) nos la conceda, pero no necesariamente es ser razonable. Por cada vez que un intelectual tiene razón (es decir, la detenta), hay cientos, miles, millones de veces que otros los impugnan. Pero, para el intelectual, estos millones de impugnaciones, cuestionamientos o dudas no son importantes. Al fin y al cabo, quien tiene la razón es él y, en consecuencia, es dueño del monopolio de la verdad.

 

5. Para un intelectual los tontos no están seguros de nada (siempre dudan, preguntan, se cuestionan); los inteligentes, en cambio, están seguros de todo: entienden la duda como una debilidad del pensamiento, y la obstinación como una fortaleza del carácter. Hay una risa de hiena contenta (aunque las hienas nunca estén contentas) cuando un intelectual tiene la razón y la impone, y hay un chillido impulsivo de mandril (exhibición retadora de dientes y colmillos) cuando su razón es puesta en duda y cuestionada la propiedad de su territorio.

 

6. Un intelectual es el que tiene un dominio del intelecto, es decir del entendimiento, de la capacidad de entender. Pero hoy, en el auge de la figura intelectual como deidad, como rockstar, como figura mediática, los intelectuales pueden muy bien no entender nada que no sea lo que ellos quieren entender e imponer. No dudan nunca: afirman; no se cuestionan: enfatizan. Y se rinden culto como narcisos, oyendo su propia sabiduría, dándose gusto con la mano, autosatisfaciéndose con esmero.

 

7. En los foros públicos donde parlotean hasta por los pelos su divisa es una y única, sintetizada en palabras de Octavio Paz (Corriente alterna): 'Oírse o irse'. Si no se oyen o si no les conceden el prolongado tiempo para escucharse, invariablemente se retiran, se van. ¿Adónde? A escuchar su monólogo en santa soledad o a imponérselo al primer pobre diablo que tiene la desgracia de caer en las redes de su logorrea.

 

8. Hoy los intelectuales no hacen ningún experimento para obtener su saber y, muchas veces, los especialistas no es que sean especiales porque tengan un conocimiento excepcional de algo, sino porque un poder (generalmente el poder político, intelectual, artístico, literario, mediático o académico) los ha consagrado como tales.

 

9. Dice Fernando Savater que los intelectuales deberían, con cierta regularidad, hacerse un autoexamen de la mente para evitar la estupidez y la obstinación, muy frecuente en ellos. No sabemos si él mismo lo practique, pero es una de las mejores recomendaciones, aunque, entonces, expertos, intelectuales y especialistas comenzarían a dudar de sí mismos y sentirían que no sirven para nada si no son capaces de imponer su parloteo y establecer La Verdad.

 

10. Lo malo de ciertos inteligentes es que creen demasiado en su inteligencia, como si se tratara de un salvoconducto para permitirse todo; no pasa por sus cabezas que los inteligentes pueden ser también muy tontos, estúpidos incluso, sobre todo cuando creen que sus ideas son las únicas válidas y verdaderas.

 

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