Verdades literarias

Juan Domingo Argüelles - Martes, 26 de Febrero de 2013 08:55

 

 

Nadie puede estar seguro que en 50 años se seguirá leyendo a Carlos Fuentes y a José Saramago.

 

 

 


1. En la literatura no hay nada seguro, salvo la muerte. Y menos seguro que cualquier cosa es el éxito perdurable. Autores que triunfaron apoteósicamente en una época, hoy sólo son referencias escuetas en diccionarios y en manuales académicos, o tristes celebridades locales que no importan en absoluto en ningún otro país que no sea el propio y en ningún otro idioma que no sea el nativo.

 

Un caso emblemático es el del novelista francés Roger Martin du Gard (1881-1958), galardonado en 1937 con el Premio Nobel de Literatura en virtud de su novela-río, o de su novelario, Los Thibault: miles de páginas en 8 gruesos tomos. La cruel ironía es que hoy ni siquiera en Francia existen valientes que se enfrasquen en esa lectura, y en cambio la perdurabilidad de Martin du Gard, en los más diversos idiomas, le llegó por azar: gracias a una novelita o a un relato de menos de 50 páginas: Confidencia africana, una ceñida obra maestra que, en gran medida, es transcripción literal de unos apuntes que tomó el autor acerca de un incesto que le refirió el protagonista en un viaje a África.

 

Un día su editor le pidió algo, lo que fuera, y él le respondió que no tenía nada, porque todo lo que escribía lo metía, automáticamente, en esa caja grandota que eran Los Thibault, pero, para no dejar, ahí le mandaba este relatito que había copiado casi sin cambiarle nada de su cuaderno de notas; algo muy pequeño y 'casi sin literatura'. Y le aclaraba: "Ocurra lo que ocurra con estas páginas, le habré dado prueba de mi buena voluntad". Hoy lo más vivo de Martin du Gard son esas pocas páginas que escribió 'sin preocuparse de la literatura'. Fin de la historia, y principio de la lección.

 

2. Esto es la literatura: apuesta y azar, y nadie puede estar seguro, por ejemplo, de que en 50 años se seguirá leyendo a Carlos Fuentes y a José Saramago. En lo personal, puedo apostar, doble contra sencillo, que dentro de medio siglo se seguirá leyendo a Kafka y a Propercio, pero no a Fuentes ni a Saramago ni a Bolaño ni a Etcétera. Pero obviamente estoy haciendo trampa, pues no estaré entonces para pagar mi apuesta en caso de perder. Lo cierto es que, por ejemplo, hubo un tiempo en México (finales del siglo XIX y principios del XX) en que Federico Gamboa era el Carlos Fuentes de entonces, y Santa parecía una obra imperecedera. Hoy Gamboa es sólo una referencia en los diccionarios y escasa materia de estudio hasta de los académicos. Los únicos que leen Santa son los estudiantes de preparatoria: porque los obligan a leerla, no porque estén deseosos de hacerlo.

 

3. Hay excelentes investigadores literarios en la academia, pero no dejan de ser divertidos los especialistas dogmáticos que estudian y diseccionan, con autoridad ostentosa, las obras de los grandes escritores, muchos de ellos autodidactos, para luego concluir que son imprescindibles los doctorados y los posdoctorados especializadísimos para poder 'comprender y explicar' esas obras. Todo lo cual quiere decir que consideran más importante lo que ellos hacen que las obras literarias que estudian. Más aún: se consideran más importantes ellos que los grandes genios autodidactos de la literatura que, al parecer, sólo escribieron para que estos señores los estudiaran y los explicaran. Viéndolo así, Juan Carlos Onetti es sólo un chalán del Doctor Equis. ¿No es gracioso?

 

4. En por qué leer los clásicos, Italo Calvino sentencia: "La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de otro libro dice más que el libro en cuestión; en cambio, hacen todo lo posible para que se crea lo contrario".

 

5. Venancio Gil y Pollas, reputado académico y crítico hispano de las letras, ha dicho que entre los libros que se ha propuesto leer y diseccionar en 2013 están Sófocles, de Electra; Fernando de Rojas, de La Celestina; James Joyce, de El Ulises; Las aventuras de Arthur Conan Doyle, de Sherlock Holmes; Edgar Allan Poe, de Arthur Gordon Pym; El retrato de Oscar Wilde, de Dorian Gray; Antonio Machado, de Juan de Mairena; Romain Rolland, de Juan Cristóbal; Marcel Proust, de Jean Santeuil; Miguel de Unamuno, de Abel Sánchez; Jorge Luis Borges, de Evaristo Carriego; La muerte de Carlos Fuentes, de Artemio Cruz; Juan Rulfo, de Pedro Páramo; La familia de Camilo José Cela, de Pascual Duarte; Octavio Paz o las trampas de la fe, de Sor Juana Inés de la Cruz, y ¿Quién mató a Mario Vargas Llosa?, de Palomino Molero. ¡Estupendas obras de grandes autores!

 

6. Para no ser menos, el reputado crítico nacional Aquiles Canto Lozano se ha propuesto hacer un estudio muy serio sobre El vaso y la Corona del gran vate Bonifacio Núñez.

 

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