Mentir con la boca llena

Juan Domingo Argüelles - Martes, 19 de Febrero de 2013 08:13

 

 

México es país de discursos. Mucha saliva, mucho verbo, mucha labia.


1. Mentir en México es toda una profesión, un oficio, una idiosincrasia y, muy frecuentemente, una razón de ser. (Sara Sefchovich escribió todo un libro, todo un tratado, iluminador acerca de este País de mentiras).

 

2. Mentir es cosa que hacen todos los días las autoridades. Y mentir puede equivaler a no decir la verdad, a ocultarla o a maquillarla que, a fin de cuentas, piensan, todo el mundo se cree lo que sea, desde cachorros ferales asesinos (La banda de los Dóberman, pero con perritos famélicos), hasta cualquier otra cosa que en otro país sería ficción. México no es surrealista (como inventaron los intelectuales a la violeta); México, simplemente, es un país de mentiras.

 

3. Sin embargo, como México ha sido un país que se ha creído todo, hoy es un país que no cree en nada. Basta preguntarle a la gente común, al peatón, al ciudadano de todos los días, si cree en las versiones de sus gobernantes, sus autoridades, sus diputados, sus senadores, sus jefes, etcétera, para que te digan que no les creen en absoluto: ni una palabra, ni un gesto, ni la risa, mucho menos las lágrimas.

 

4. Atrapados entre la mentira y la demagogia (que es otra forma de mentir pero con la boca llena), los mexicanos tienen hoy más de un millón de razones para no creer en nada. Ojalá que no creer en nada sea el principio para comenzar a creer en algo: en la verdad.

 

5. México no es un país de ficciones, porque incluso las ficciones (que llenan muchos libros de éxito editorial y que atiborran las mesas de novedades de las librerías) confunden la ficción con la mentira. La ficción, decía Vargas Llosa, es la verdad de las mentiras. La mentira, en cambio, que quiere hacerse pasar por ficción, está llena de personajes, tramas y truculencias que son simplemente inverosímiles y ridículas. Muchos novelistas de éxito escriben como si estuvieran narrando telenovelas: sus influencias no les vienen de Kafka ni de Proust ni de Juan Rulfo; les vienen de la tele.

 

6. Ficción deriva de 'fingir', de 'inventar' realidades paralelas a la vida. Por eso las mejores novelas realistas son grandes ficciones, que nos permiten mirar mejor y comprender más la realidad real. Lo que muchos escritores hacen no es fingir ni inventar, sino sólo mentir, aunque sus tramas parezcan reales. Si la ficción es la verdad de las mentiras, las novelas cuchas, que explotan los temas de la politiquería y los submundos farandulescos, son las mentiras de la verdad.

 

7. Incluso los cursis pueden ser más verdaderos que los mentirosos graves, pues la emoción de los cursis es auténtica aunque afectada. Los cursis se conmueven con chambonadas e ineptitudes que los pueden mover incluso a las lágrimas. Digamos que ellos mismos son ineptos para diferenciar lo excelso de lo sensiblero (confunden grandeza con grandote), pero no se mienten a sí mismos: creen en lo que creen porque aquella chambonada, aquella ridiculez los seduce, los nombra. Los mentirosos profesionales, en cambio, son capaces de aparentar que comprenden algo que no entienden, que se emocionan con algo que no los conmueve, y si ellos mismos no tienen reparo en mentirse, con mayor razón no tendrán escrúpulo en mentir a los demás como sistema.

 

8. México es país de discursos. Mucha saliva, mucho verbo, mucha labia ('de lengua me como un taco') que no se acompañan con acciones. Se hace como que se hace, y la mejor manera de mostrarlo es decirlo (a los 4 vientos). Si en México se hiciera un 10% de lo que se dice que se hace, México sería potencia mundial, pero hasta ahora sólo es potencia mundial en oratoria. Hasta consejos damos a otros países para que salgan de sus crisis.

 

9. Una forma de mentir es no decir la verdad. Para esto somos buenos, siempre lo hemos sido. Dice bien Sara Sefchovich: "Un prurito nacionalista nos ha llevado a suponer que saber la verdad le hace daño al país y a sus habitantes y, al contrario, que decir sólo lo positivo hará que se lo ame más". Es tara nacional, bárbara herencia.

 

10. Temblándole la mano, el crítico literario, cultivador de las mentiras piadosas, con rebuscada diplomacia, para no ofender demasiado al mal novelista, escribió cauto: 'Su obra es promisoria, su imaginación fecunda, y únicamente a veces su estilo es algo medroso'. El duende de la errata, que no se anda con jaladas, menos diplomático, más sincero, con justicia poética metió su cucharita, y el atildado crítico, por primera vez en su vida, publicó una verdad. La errata reluciente, invicta, sentenció en el periódico: '... su estilo es algo merdoso'. El crítico nunca pudo reponerse. El novelista, en cambio, mejoró.

 

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