Carreras literarias

Juan Domingo Argüelles - Martes, 12 de Febrero de 2013 08:53

 

 

Existe la carrera científica y académica pero la literatura tiene que ver con trayectorias.

 


1. En 1937 un joven escritor tardío (28 años), Juan Carlos Onetti, aún inédito, le dice a su confidente Julio E. Payró: 'Siempre he sacado poca o ninguna utilidad de mis lecturas sobre técnica y problemas literarios'. Él, autodidacto, supo que todas esas teorías sólo sirven para formar teóricos, no escritores. Y, por fortuna, se dio cuenta muy tempranamente de que adentrarse en esas lecturas era perder el tiempo cuando podía muy bien entregarse a la escritura misma y resolver sus propios problemas en la práctica. Ojalá todos los aprendices de escritores hicieran lo mismo en vez de andar fatigando tratados absurdos de quienes jamás han escrito una obra literaria que valga la pena. Claro que esto es pedir demasiado, pues la mayor parte de los escritores exitosos de hoy, productores de chatarra vendible (muy vendible), sigue las pautas de esas teorías también exitosas.

 

2. Ya desde 1940 Onetti advertía que el imperativo de los autores que querían triunfar era 'hacer periodismo y fabricar apresuradamente novelas que puedan conmover la cuenta bancaria de algún editor yanqui. No han cambiado las cosas, con la excepción de que se han abierto las oportunidades para conmover las cuentas bancarias no ya sólo de los yanquis sino también de los editores españoles y mexicanos. El asunto es vender bien y mucho lo que sea: cuentas de vidrio, basura, humo. Las mesas de novedades están llenas de libros oportunistas de los que nadie se acordará después de vender sus 5,000 ejemplares.

 

3. Con la industrialización de la literatura (grandes tiradas comerciales, premios convenidos a manera de publicidad, contratos, entrevistas y reseñas de exclusividad, etcétera), cada vez son más los escritores (novelistas, sobre todo) que se refieren a lo que hacen como su 'carrera literaria'. ¿De veras hay algo que pueda denominarse 'carrera literaria'? ¿Cuál fue la 'carrera literaria' de Baudelaire, cuál la de Verlaine, cuál la de Kafka, cuál la de César Vallejo, cuál la de Rulfo? Lo que había en ellos eran vocaciones, obsesiones, demonios y vida entregada a la escritura, independientemente del posible (o imposible) éxito.

 

4. No hay nada que pueda llamarse, sin obscenidad, 'carrera literaria'. Existe la carrera científica, la académica, la docente, etcétera, pero la literatura tiene que ver, cuando mucho, con trayectorias, eso sí, que por lo demás pueden ser -como las balas que salen de una pistola- rectas, ascendentes o descendentes. '¿Carreras literarias?' Esto es un invento de la industria mercantilista de la literatura. Un escritor, para aspirar a serlo incluso, tiene que ser siempre, como dijo Augusto Monterroso, un amateur; jamás un profesional en ventas. Que no nos engañen los mercachifles de la industria editorial y que no se crean sus paparruchas los mozuelos escritores tan sobrados y arrogantes cuando se refieren, con el cuello muy tieso, a su 'carrera literaria'.

 

5. Lo más parecido a un escritor 'profesional' es el individuo que se levanta a una hora exacta, siempre la misma, y disciplinadamente, como galeote, se pone a llenar páginas, más allá de que aquello sea bueno, regular, malo o pésimo. Que, a partir de ese método de trabajo, se pueda conseguir algo excelente, sólo es por excepción de la excepción: primero Balzac, luego Balzac y después más Balzac.

 

6. Un gran escritor que descubre mundos, que revela profundidades, siempre será un amateur y no un burócrata al servicio de los intereses editoriales y de lo que gusta al público. Cuando le preguntaron a José Lezama Lima por su 'método de trabajo', sin dudar respondió: 'Yo no tengo método de trabajo. Escribo cuando tengo apetito'. Y es que lo menos parecido a un trabajo es la literatura, aunque hoy hay muchos que ya hablan sin pudor de su 'carrera literaria' con la cual aspiran a tener chalet, yate y vacaciones en la Costa Azul francesa.

 

7. ¿Carrera? Esta palabra es lo más obsceno que se le puede anteponer al término literatura. ¿Tuvieron carrera literaria Cervantes, Shakespeare o Villon? Que alguien me lo diga. Si todos escribiéramos, nada más, cuando tuviéramos apetito, los libros serían mejores. Pero abundan los escritores que creen que la necesidad de escribir la produce sobre todo el anticipo editorial. Por eso las mesas de novedades de las grandes librerías están llenas de libros escritos sin apetito: revoltijos que produjo no el hambre de escribir, sino el ansia de figurar. A esto le llamamos hoy literatura, a falta de una mejor denominación, de un nombre más preciso y más descriptivo de todo aquello que se hace sin apetito literario. Dios nos conserve para siempre a Lezama Lima.