Aires de Grandeza

Juan Domingo Argüelles - Martes, 28 de Mayo de 2013 08:01

 


1. A decir de María Moliner, los Aires de Grandeza equivalen a la pedantería: a la actitud de quien pretende saber más o tener mejor criterio que otros. Uno de sus equivalentes es darse una importancia que no se tiene o presumir algo que no se es: ostentarse de algo sin serlo realmente. Y, en la espléndida enumeración de estas definiciones del sentido figurado de la vanidad, concluye doña María que alguien 'lleno de aire' es el vanidoso o insustancial. El Diccionario de uso del español, de Moliner, es una maravilla que pone las cosas en su lugar.

 

2. Y cuánta gente con Aires de Grandeza pulula en este mundo: tan llena de aire que un día puede reventar. El aire que muchos atesoran, y que los hincha, en lugar de hacerlos felices los hace desdichados, porque más allá de sus Aires de Grandeza en su soledad saben perfectamente (y si no lo saben, peor para ellos) que sólo son unos pésimos actores que personifican mediocremente los méritos que no tienen. Para donde quiera que uno voltee, hay 5 o 6, o 10 o 20. Y a nadie le queda el saco, porque todo el mundo cree que de quien se habla es del vecino. Hay quienes viven creyendo que nunca se morirán o bien que en caso de que se mueran (sólo como una remota probabilidad), de todos modos vivirán para siempre. Aires de Grandeza y estupidez.

 

3. Los vanidosos son tan patéticos y tan ridículos que creen que viven, escriben, pintan, componen, esculpen, etcétera, para la Posteridad. Todo lo hacen para consentir su Ego. Por ello, ¡qué tragedia -para ellos mismos, naturalmente, y para nadie más- que la Posteridad (como es natural) los encuentre muertos, ni siquiera en fiambre, sino en los huesos! Desde luego, sería tragedia mayor, para ellos, que pudieran revivir para ver la Posteridad y darse cuenta de que nadie se acuerda de ellos ni por asomo. Como quiera que sea, si viven para la Posteridad, ya se fregaron. En realidad ni Kafka ni Rulfo vivieron para la posteridad: la posteridad les hizo justicia al reconocer sus genialidades. Pero ay de los que creen que con sus medianías conquistarán el Olimpo. Más les vale ponerse a disfrutar sus magros y dudosos éxitos (y sus buenos estipendios) en vida que estar atormentados todo el tiempo por lo que vendrá después de su muerte. Después de su muerte no vendrá nada porque, como ya lo dijo André Comte-Sponville, deberían saber que la muerte es exclusivamente un problema de los vivos.

 

4. Los muertos no se preocupan por nada, ni siquiera por la vanidad que les atormentaba cuando estaban vivos. Por supuesto, qué felices serían si pudieran ver que triunfaron (unos cuantos, un puñadito de nada), pero es seguro que se volverían a morir sólo de ver que el tiempo pasó sobre ellos (es decir, sobre sus libros, sus pinturas, su música, sus huesos y su egolatría) sin detenerse ni un solo instante. ¡Bien merecido!

 

5. La cultura mexicana vive de sus muertos ilustres o notables. No los deja descansar en paz. Es una costumbre que se ha enraizado muy firmemente en nuestra idiosincrasia. Los muertos a los que se les cultivó el Ego cuando eran vivos continúan siendo alabados y lavados como si todavía vivieran. Las alabanzas estallan como fuegos artificiales en las celebraciones póstumas: se elevan al cielo y se multiplican en coloridas loas que ya chole. No se trata de olvidarse de los próceres y de quienes (como dice el patriotismo o el patrioterismo) nos dieron patria. Pero no hay que exagerar: no se puede dar vida artificial, por mucho tiempo, a quienes no tienen modo de trascender más allá de los discursos. Hay que desconectarles el oxígeno a tiempo para que se vayan serenamente, y ya luego, si el público lector o espectador o escucha, los trae nuevamente a la vida, será plena justicia, pues todo artista se debe a su público y a nadie más.

 

6. Hay que fortalecer el sentido de una cultura viva y no una necrológica o necrótica. En el caso de los escritores, pueden estar perfectamente muertos (aunque estén vivos) si no tienen lectores, y están plenamente vivos y coleando (aunque estén muertos) si sus lectores los mantienen a flote y les dan el único homenaje que puede valer para ellos: la lectura. Lo demás es vanidad de vanidades para consentir una costumbre que en vida se le dio a un autor, ¡pero creyendo que ya muerto todavía los escucha en ultratumba!

 

7. ¿Vivir después de la muerte? Hay quienes empeñaron toda su vida en esta ambición de la vanidad, y sin embargo, ya muertos, nadie se acuerda de ellos, mucho menos de sus 'obras'. Por el contrario, hay a quienes jamás les desveló dicha ambición y, siglos después, están más vivos que los vivos.

 

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