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Juan Domingo Argüelles - Martes, 14 de Mayo de 2013 09:08
1. Uno tendría que suponer que, en los programas administrativos de los gobiernos federal, estatales, municipales, de la Ciudad de México y de las delegaciones políticas del Distrito Federal, se hacen siempre estudios de viabilidad y prospectiva. Suponerlo es una cosa; que sea una realidad, es otra muy distinta. Un ciudadano medianamente informado tiene derecho a preguntarse, por ejemplo, por qué en cierto crucero hay un semáforo y por qué en otros no. ¿Quién determina esto? O el caso de los topes, o reductores de velocidad, a los que ya nos referimos en otra entrega de esta columna. ¿Quién decide dónde ponerlos y por qué en algunas vialidades hay uno tras otro como si fueran caballitos de feria? ¿Y por qué incluso donde hay semáforo hay también tope? Todo esto parece obra de la disparatada anarquía burocrática y, en muchos casos, lo es.
2. Acerca de los topes, hace cosa de un año, el doctor René Drucker Colín divulgó evidencias científicas de que son más un problema que una solución. Con datos duros del doctor Arón Jazcilevich (investigador del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM) concluyó que poner topes no sólo conspira contra la educación vial, sino agrava la contaminación del aire. Se ponen topes por doquier, y lo que se consigue es que aumenten las emisiones de dióxido de carbono (CO2). Según las investigaciones del doctor Jazcilevich y su equipo de colaboradores, "cuando un vehículo va circulando a velocidad constante, la emisión de CO2 disminuye, y si se para, baja a casi cero, pero al arrancar de nuevo las emisiones se elevan entre 5 y 8 veces más en microgramos por segundo". Para decirlo rápidamente, cada vez que un automóvil frena ante un tope (y en la Ciudad de México se cuentan por decenas de miles) y vuelve a arrancar, las emanaciones de gases tóxicos que salen de los escapes se multiplican. ¿No saben esto quienes trabajan en las áreas de vialidad de los gobiernos? ¿No se asesoran de científicos? Eso parece. Pero ni siquiera se necesita ser un experto en estos temas, sino tener sentido común, para saber, por lógica elemental, que cada vez que arranca un automóvil la contaminación aumenta. Y, en un trayecto normal, puede arrancar (con los cambios de velocidad) 100 veces, tantas como topes se encuentre el conductor. En otras palabras, toda la política disparatada de los topes es por carecer de sentido común.
3. Otro claro ejemplo de la falta de sentido común y de la ausencia de previsiones en el ámbito vial en la Ciudad de México es la confinación de carriles exclusivos para el trolebús y el Metrobús en avenidas muy reducidas, y luego presumir, con mucha cachaza, que esos carriles son de 'cero emisiones'. Sí, claro, ¡esos sí!, pero en los otros carriles, que están a un lado, en las horas pico, se apretujan miles de vehículos que cada vez que arrancan, para avanzar un centímetro, lanzan fogonazos de emanaciones tóxicas, durante horas, mientras el carril confinado luce desierto y con 'cero emanaciones'. ¿No es otro disparate digno de una antología del género?
4. Disparate es también incentivar, en los discursos, el uso de la bicicleta, sin proporcionarles espacios seguros a los ciclistas que van sorteando, como pueden, microbuses y metrobuses, con todas las consecuencias trágicas que ya conocemos. No hay vialidades seguras para ciclistas, pero sí muchos discursos para animar al uso de la bicicleta. Discursos bicicleteros.
5. ¿A quién se le ocurre regar las plantas y alimentar de agua a los árboles de los espacios públicos al mediodía? Sí, claro, a las autoridades del Distrito Federal. Bajo un solazo, digno del desierto de Arizona, pasan las pipas arrojando agua a los camellones. El puro disparate y la ignorancia más grande. En Estados Unidos hay incluso muy fuertes multas para quienes rieguen su césped al mediodía, porque es evidente que se trata de un desperdicio del líquido. Lo lógico, lo razonable, es hacerlo por la tarde-noche o en la madrugada, cuando ya el sol se ocultó, y las áreas verdes pueden recibir todos los beneficios del agua puesto que la evaporación es mínima. El riego que hacen después de las 11 de la mañana las pipas del Distrito Federal es otro disparate producto de la falta de sentido común, pues antes de que llegue el agua a la superficie (en medio de ese calorón citadino) la mayor parte ya se evaporó.
6. Sigue teniendo razón Jorge Ibargüengoitia: México es un país del disparate. En 2013 (el 27 de noviembre) se cumplirán 30 años de la muerte de este certero crítico del disparatorio nacional. Él se fue hace 3 décadas, pero nuestras disparatadas burocracias (más allá de partidos), anárquicas y campanudas, continúan igual.