Meditaciones aéreas

Juan Domingo Argüelles - Martes, 23 de Abril de 2013 07:35

 

 

1. El aeropuerto internacional de la Ciudad de México se llama 'Benito Juárez'. Lleva el nombre de un prócer que nunca se subió a un avión, ya que murió en 1872, cuando la aeronáutica mundial apenas hacía sus primeros intentos. Esto no debe extrañarnos: en México hay muchas escuelas que llevan los nombres de individuos que nunca en su vida impartieron clases, y también bibliotecas con nombres de políticos que apenas habrán leído algunas pocas páginas -y no precisamente muy edificantes- en su iletrada existencia.

 

2. Los libros son peligrosos, muy peligrosos, qué duda cabe; por muchas razones que la razón conoce y que los poderes no ignoran. La evidencia más palpable de que los libros son peligrosos, y que espantan a cualquiera, la puede uno tener en los filtros del aeropuerto de la Ciudad de México. Siempre que viajo, lo que más llevo y traigo en el equipaje son libros, e invariablemente, en el aeropuerto de la Ciudad de México, luego de pasar mi equipaje por el escáner, los guardias me piden que abra la maleta para que ojeen y hojeen cada uno de los libros. (Se notan azorados de que alguien transporte libros en su equipaje.) No les hacen caso a mis calzones ni a mis camisas ni a mis calcetines, y ni siquiera a mis artículos de aseo personal. Se concentran en los libros con quisquillosidad obscena. Más de una vez que he llevado los libros retractilados me piden que los encuere para manosearlos página a página con extrañísima atención. Los libros, qué duda cabe, infunden miedo. ¿Qué buscan los guardias en ellos? ¿Drogas entre sus páginas? ¿Una bomba acaso? ¿Para qué les sirve, entonces, el escáner? Para mí todo esto es un misterio. La única certeza ya la sabemos: los libros son peligrosos, muy peligrosos, qué duda cabe.

 

3. Entre las cosas que desean siempre en los aviones, previo al despegue, está el que los pasajeros 'disfruten el vuelo'. ¿Cómo se puede disfrutar un vuelo? Es decir, ¿cómo puede uno gozarlo? Viajar en un avión (a diferencia de viajar en un tren) es lo más insípido que puede haber. Te subes, te sientas, te persignas y esperas a que transcurra el tiempo y llegues a tu destino. Disfrutar, lo que se llama disfrutar un vuelo, lo podrían hacer los paracaidistas o los que se elevan en parapente o -mucho más terrenos- los que se dan un viaje o un pasón de ensueño con su motita y su peyotito, pero no los viajeros en un avión comercial. (Ya ni cacahuates dan.) Disfrutar, lo que se llama disfrutar un vuelo, sólo los que viajan en el avión del amor y hacen 'cositas' allá arriba, a 10,000 metros de altura. En cambio, en los aviones comerciales, ya con no aterrorizarse en el vuelo es ganancia, o con que no te toque un compañero de asiento que no se ha cambiado la camisa en 15 días u otro que tose y se suena la nariz durante todo el viaje, o el vecino del asiento de atrás que, escurriendo el cuerpo a todo lo que da, te clava sus rodillas en la espalda. Ello sin contar al niño que te berrea al oído todo el tiempo, y a los ejecutivos que, cuando viajan en grupo, hablan y hablan en voz alta con tan sabroso ingenio que hacen empequeñecer la molestia del más agudo dolor de muelas.

 

4. En los vuelos internacionales es muy fácil identificar a los mexicanos y, especialmente, a los defeños o chilangos. Su vocabulario tiene esta riqueza y variedad: "¡No güey, sí güey, qué pedo, no la chingues, jajajajaja, cálmate culero, ay cabrón viste a esa vieja!" Son inconfundibles. Más de uno ya hacen multitud: la más escandalosa multitud. Por eso en el extranjero creen que todos los mexicanos somos como Cantinflas o como El Chavo del Ocho. Ni modo: habrá que aprender a vivir con eso.

 

5. Un trajeado hombre en el avión (camisa blanca, corbata guinda) hace una llamada telefónica, antes del despegue, y dice: 'Qué, güey, ¿no vas a ir a la escuela?' Algo le responde, al otro lado de la línea, el 'güey' interpelado, lo que da pie a la otra parte del finísimo discurso: '¡No, güey, no me esperes, yo voy a llegar hasta dentro de dos horas! ¡Ya vete, cabrón, y cuídate, y dile a tu mamá que llego a las doce!' ¿Con quién hablaba tan gentilmente este educadísimo individuo? ¡Con su hijo! Y todavía se daba el lujo de insistirle en que acudiera a la escuela.

 

6. Los aeropuertos del país (casi todos) lucen como escenarios de guerra. Parece que les han caído miles de bombas, y por ello siempre están en reconstrucción. Escombros, cascajo, andamios y letreros provisionales de circulación y de 'disculpe usted las molestias'. Años de verlos así, en eterna 'remodelación'. Sólo se salva uno que otro que ya, pronto, comenzarán a demoler.