Juan Domingo Argüelles - Martes, 16 de Abril de 2013 10:34
1. Una de las características del poder (político, económico, cultural, mediático, etcétera) es el capricho. Los poderosos piensan que el poder es para siempre. Por ello el quítame de ahi estas pajas y las actitudes más caprichosas, arrogantes y necias que los lambiscones aplauden porque también creen que el presente o, lo que es peor, el instante, será para siempre. Luego que caen del poder, los caprichosos andan por ahí apestados, y los lambiscones andan aplaudiendo a los poderosos, caprichosos y necios en turno. No hay poder que haga mejores a las personas, y quienes han elegido el poder es, precisamente, porque de antemano estaban entre las peores. No hay disparate más grande que la costumbre del poder.
2. Después del interregno de 12 años (la Docena Trágica), regresaron (los que regresaron), al funcionariato y al poder, a hacer lo mismo, y de ello se ufanan. Y no precisamente porque lo hubieran hecho muy bien, sino porque los que se fueron lo hicieron muy mal. Ahora, los que regresan pueden darse incluso el lujo de hacer exactamente lo mismo... ¡pero peor! Vienen cascados, aburridos, somnolientos (a algunos los sacaron de la cama o los levantaron del sofá de masaje donde reposaban sus reumas), pero están seguros de que por muy mal que lo hagan (o que lo sigan haciendo), no lo pueden hacer tan mal (aunque se lo propusieran) como los que se fueron: una élite ignorante que no sabía distinguir entre el 2 y el 3 y que, sin embargo, no hay que dudarlo, un día regresará por sus fueros (y por sus juguetes), para continuar con estos hábitos del disparate que la politiquería ha instaurado en el país. Como dijera el sabio Enrique Santos Discépolo: "¡Todo es igual!/ ¡Nada es mejor!/ Lo mismo un burro/ que un gran profesor./ No hay aplazaos ni escalafón,/ los ignorantes nos han igualao./ Si uno vive en la impostura/ y otro roba en su ambición,/ da lo mismo que sea cura,/ colchonero, Rey de Bastos,/ caradura o polizón".
3. La ideología lo contamina todo. Muchas personas incluso inteligentes no tienen ideas propias sino ideología: creen en lo que creen porque están convencidas de ello, no porque hayan analizado o examinado, con lógica y entera razón, los preceptos que sustentan y por los cuales llegan a decir que 'mueren por sus ideas'. Alguien que sea capaz de 'morir por sus ideas' (es decir por su ideología) no es alguien serio ni confiable, puesto que sería capaz de morir (y aun de matar) por convicciones que pueden ser perfectamente bárbaras mentiras. La gente es capaz de hacer cualquier cosa en aras de lo que cree, pero es incapaz de hacer algo por las cosas que duda: en gran parte porque cuando tiene una pequeñísima duda la aparta de un manotazo y sigue creyendo en lo que cree. Son los que dicen que se morirán manteniéndose en sus trece. ¡Vaya con estos inteligentes! La ideología los obnubila. Siempre he imaginado una escena digna de la cinematografía más hilarante: atrapados en un elevador están un junguiano, un freudiano, un lacaniano y un skinneriano. Su diálogo quedaría, sin duda, para la antología (o la patología) universal del disparate.
4. Hace casi 3 décadas entrevisté a Vicente Leñero y luego recogí esa entrevista en mi libro Literatura hablada: 20 escritores frente al lector. La entrevista con Leñero me curó de una preocupación. Me refirió que él tenía una timidez para juntarse con los demás escritores (el llamado medio literario) y que, en más de una ocasión, esa timidez le fue reprochada como 'vanidad encubierta'. Ya somos 2, pensé. Si hay algo que no me interesa en absoluto es cultivar eso que se ha dado en llamar el 'medio literario' y en el que se mueven la mar de bien los que hacen 'vida literaria'. ¿Timidez, vanidad encubierta? Lo que sea; pero, en el fondo, respeto por uno mismo y por la vocación. No hay mayor disparate, en un escritor, que dedicarse a la 'vida literaria' y escribir únicamente en el tiempo que le sobra después de la cháchara.
5. Le pedí a un querido amigo que me eximiera de estar en una cena con escritores. Primeramente pensé en una excusa, pero no encontré ninguna que no fuera mentira. Así que decidí decirle la verdad: soy el más payo entre los payos para juntarme con escritores, ese medio donde todos, al mismo tiempo, quieren ser los más ingeniosos, agudos y sarcásticos. Yo enmudezco. Es una reunión de loros escandalosos que se la pasan exhibiendo todo el tiempo su plumaje multicolor para impresionar a los otros y, sobre todo, para admirarse en el espejo. Lo bueno de comenzar a hacerse viejo es poder decir las cosas con absoluta sinceridad. Por eso no entiendo a tanto viejo que, ya casi en la tumba, dice que sí a todo... ¡como si tuviera algo que perder!