Opinión

CNTE: la lucha, por el poder gremial


 
Si se revisan con frialdad los elementos de la crisis magisterial, podrá encontrarse una sorpresa: la CNTE y sus cinco secciones disidentes no representan un movimiento renovador ni político, sino sólo una organización típicamente priista orientada al mantenimiento de privilegios.
 
 
Debajo de los discursos educativos y el lenguaje revolucionario subyacen los tres objetivos más importantes de la lucha magisterial:
 
 
1.- El control de las plazas magisteriales.
 
 
2.- La ausencia de evaluaciones vinculatorias.
 
 
3.- El manejo de las cuotas.
 
 
Si deveras fuera un movimiento renovador de la educación pública, la CNTE --sobre todo la XXII de Oaxaca como el eje político-ideológico de la disidencia-- estaría obligada a salirse del SNTE. Pero ante la huelga nacional de 1989 y la destitución de Carlos Jonguitud Barrios como líder magisterial, la maestra Elba Esther Gordillo decidió darle autonomía a las secciones disidentes pero a cambio de no salirse del sindicato nacional.
 
 
Así, las secciones disidentes tomaron el control de las plazas y de las cuotas y siguieron perteneciendo al SNTE a pesar de que su presencia en el sindicato nacional legitimara el liderazgo de Gordillo. Por tanto, las secciones magisteriales de la CNTE son una reproducción exacta del modelo de funcionamiento sindical priísta de todos los anteriores líderes del SNTE.
 
 
El colapso de la cohesión magisterial ocurrió en 1989-1992, el periodo de liquidación histórica del proyecto de la Revolución Mexicana como el proyecto nacional de la república priista. Los maestros, aún en sus periodos de disidencia sólo por democracia sindical, fueron los apóstoles de la reproducción educativa de la Revolución Mexicana; cuando el presidente Salinas de Gortari excluyó a la Revolución Mexicana de los documentos del PRI en 1992, los hilos del control ideológico a través del aparato educativo se rompieron y los maestros quedaron a la deriva; ahí Gordillo pactó con el PAN y fundó su propio partido.
 
 
La disidencia magisterial fundada en diciembre de 1979 en Chiapas rompió con los acuerdos históricos con el Estado, con el gobierno y con el PRI y se asumió como un poder autónomo en busca de patrocinador: a veces López Obrador, un poco el PRD; pero su movimiento ha sido siempre propio, hacia sus propios intereses de fortalecimiento de poder gremial y de lealtad militante en función de beneficios arrancados en protestas, marchas, plantones y paros.
 
 
La reforma educativa acordada en el seno del Pacto por México rompió los tres puntos centrales de dominio al interior de la SNTE: el control de las plazas, la ausencia de una evaluación y las cuotas. De hecho, la rectoría de la educación regresó al Estado. Por tanto, la reacción de la CNTE fue la obvia: asfixiar el corredor Palacio Legislativo-Los Pinos para exigir la derogación de las decisiones que van a liquidar el poder político de las dirigencias político-sindicales de la CNTE.
 
 
La agresividad callejera de la CNTE es la tradicional, aunque ahora azuzada por el temor de los liderazgos de perder los instrumentos de control sobre los agremiados. En el fondo, la reforma educativa aprobada nada tiene que ver con la privatización de la educación. En realidad, la disputa por la rectoría de la educativa tiene que ver con la decisión del Estado de asumir el mandato constitucional y el interés de los liderazgos disidentes por no perder su poder político.
 
 
En el fondo, la lucha de la CNTE y sus secciones disidentes tiene el objetivo de defender el estilo y el modelo sindical de Elba Esther Gordillo en el SNTE; es decir, CNTE y SNTE son lo mismo: un mecanismo de dominación gremial a favor de una oligarquía sindical, a costa de deprimir a la educación como un instrumento liberalizador de conciencias.
 
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