Opinión

Clinton y Trump

 
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Hillary y Bill Clinton

“Hilary Clinton y Donald Trump, contendientes a la presidencia de Estados Unidos, coinciden en algo fundamental”, escribí la semana pasada; no me refería a lo que representan en el trato a México sino a su visión de la economía como un ámbito de competencia comercial en la que alguien debe perder para que otro pueda ganar (premisa falsa en tiempos de bonanza, cierta en medio de una prolongadísima crisis).

Desde esa perspectiva, Clinton y Trump han anunciado que revisarán los tratos comerciales de Estados Unidos con otros países, México entre los primeros; lo que eso significa, a mi modo de ver, es que los dos se proponen transferir mayores costos de la crisis capitalista que padece su país y casi todo el mundo, a otras economías.

México y el resto de América Latina han pagado costos desproporcionados de la crisis desde los años ochenta del siglo pasado, cuando abrieron sus economías a inversiones y comercio al mismo tiempo que reducían regulaciones y desincorporaban empresas públicas en sincronía con el consenso de Washington.

Así se fueron perdiendo innumerables cadenas de valor en nuestra economía, sobre todo la banca desde Miguel de la Madrid hasta Zedillo, y ahora el petróleo con Peña Nieto, dos sectores estratégicos si de tener una política económica soberana se tratara.

Esta crisis global de bajas inversiones, bajo crecimiento y bajo empleo exige nuevos equilibrios en la distribución de la riqueza y del ingreso; los dos candidatos lo saben y hablan de elevar los salarios de los trabajadores estadounidenses, pero no como efecto de una redistribución interna sino del comercio exterior.

Así no se resolverá la crisis, sino que se crearán más tensiones políticas internacionales y sociales en muchas naciones.

Fuera del comercio exterior, las diferencias entre Clinton y Trump en política exterior son insalvables. Aunque sea una “demócrata de limusina” (según los seguidores de Bernie Sanders), Hilary no es fascista y sabe lo que la diplomacia puede lograr en las relaciones internacionales.

De Trump, en cambio, lo que cabe esperar en México son mayores humillaciones. Hasta podría obligar a Peña Nieto a pagar el muro fronterizo con la mera amenaza de un bloqueo de sus ventas de cereales a nuestro país.

Estados Unidos ha ejercido ese recuso por diferencias políticas con otros países: desde 1960 ejerce el bloqueo contra Cuba, reforzado en 1962 al incluir medicinas y alimentos, y lo hizo durante 15 meses contra la Unión Soviética en 1979/1980 cuando ese país invadió Afganistán.

Los gobiernos de México abandonaron la estrategia del Sistema Alimentario Mexicano de López Portillo para producir suficientes alimentos aprovechando la capacidad agrícola del país, y hoy por hoy se tienen que importar 18 millones de toneladas de granos y oleaginosas cada año, casi todo desde Estados Unidos, para completar el consumo de 55 millones de toneladas de esos cultivos. Sin esas importaciones habría revueltas sociales por hambre en México.

Trump en el gobierno de Washington es un peligro para nosotros. Coincido con Enrique Krauze en que Trump “le haría la guerra a México”. No militar sino “comercial, económica, social, étnica, ecológica, estratégica, diplomática y jurídica” (El País, 27 julio 2016).

El gobierno de Peña Nieto, la Cámara de Senadores y los partidos políticos tenían que haber fijado una posición ante las afrentas y amenazas de Trump a México.

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Quizás en septiembre, mes de la patria, alguno se anime y lo haga.

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