Opinión

Clase política, sin rubor alguno

Continuos y frecuentes se reproducen escándalos vergonzosos, cuyos protagonistas son “circunspectos” personajes de nuestra clase política. Desde el caso de “las ligas” -sólo por tomar un referente-, los excesos en los liderazgos sindicales (yates, relojes, aviones, perros y vinos incluidos), monumentos a próceres desconocidos, estelas luminosas, guardarropas abarrotados de moda en los aposentos de algún gobernador, desfalcos supermillonarios en las arcas estatales, “moches” y hasta los muy recientes temas aún en proceso por los presuntos fraudes de Oceanografía o el Metro de la ciudad de México, sin excluir, por supuesto, las denuncias en contra del presidente del PRI en el DF a causa de su “sibaritismo extremo” cubierto con recursos públicos y la detención del exgobernador interino en Michoacán, por sus posibles nexos con el crimen organizado.

La iniquidad toca a nuestra clase política toda, desde la cúpula hasta el más apartado ayuntamiento. Corrupción e impunidad parecen ser los signos distintivos de los actuales tiempos mexicanos.

Sin rubor alguno, los deslindes y las declaraciones desteñidas dan cuenta de la cultura política en decadencia y de la moral pública cada vez más ausente en la escala de valores de quienes tienen el encargo de armonizar la vida colectiva y pugnar por el bienestar social, antes que proveerse de bienes y privilegios mediante el usufructo indigno del poder que les ha sido otorgado.

Pese al impacto mediático inicial, en la mayoría de los casos los temas se van decolorando, el pragmatismo político prima sobre la legalidad y la esperada acción de la justicia, la sanción no llega, el tiempo, la copiosidad de asuntos similares y la abundancia de informaciones nuevas dejarán atrás la relevancia de los temas vistos. La impunidad, principal incentivo de la corrupción, nutre cotidianamente la conducta desviada, procreando su recurrencia.

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