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13 octubre 2017 5:0
 
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SISMO

En cualquier circunstancia, gastar dinero que no se tiene o que no es de uno, provoca muchos problemas. Naciones como la nuestra tienen una extensa historia de endeudamiento, ejercicio deficiente de los recursos públicos o de franco despilfarro, que sólo ha logrado que los ciudadanos perdamos la confianza en la aptitud de los gobiernos para aplicar bien el dinero que se supone es de todos.

Hace unas semanas, la cifra para la reconstrucción, luego de los sismos del 7 y 19 de septiembre, parecía más un pronóstico que una certeza sobre el costo real que tendrán las consecuencias de estos eventos naturales. Al mismo tiempo, los donativos, las iniciativas internacionales de recaudación y las aportaciones privadas y de filantropía, se multiplicaron hasta conformar una bolsa millonaria.

Todavía no tenemos claridad sobre cuánto costará recuperarnos y menos cuáles serán los mecanismos para transparentar el gasto. Tanto el gobierno federal, como varios gobiernos estatales, repiten que no tocarán un peso; lo que confirma que la suspicacia social es tal, que la única forma de brindar cierta tranquilidad es que las instituciones oficiales afirmen que ni siquiera se pondrán cerca de la tentación.

¿Qué haremos entonces los ciudadanos para asegurarnos que saldremos mejor librados que en 1985? Fuimos miles de voluntarios los que estuvimos en las calles ayudando de cien maneras distintas. Fuera de los perecederos, existen toneladas de víveres y enseres a los que debemos darles seguimiento para comprobar que le sirvieron a quien lo necesitaba.

Eso es lo que podemos hacer de manera personal.

La propuesta es que, una vez que hagamos el corte sobre el apoyo que nos tocó dar, nos organicemos para supervisar lo que ocurrirá con todos los donativos y las aportaciones que se acumularon durante la emergencia.

Ello, sin olvidar que estamos obligados a vigilar también el uso de los recursos públicos que, se supone, están dispuestos para estas catástrofes.

Tan malo es derrochar como no gastar, y es aún peor, gastar mal. El peso de la transparencia no sólo recae en las autoridades, lo cual es su obligación, sino también es un requisito que debemos cubrir como sociedad civil si queremos mantener esta solidaridad y convertirla en una nueva cultura, donde la honestidad y el estado de derecho sean las normas y no las excepciones. 

Twitter: @LuisWertman

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