Opinión

Ciudad Universitaria, jardín del arte

23 marzo 2017 5:0
 
1
 

 

Más de 13 millones de títulos ompresos y digitales, acervo de las bibliotecas de la UNAM. (Archivo)

Uno. Mis afectos hondos, “gente mía” como diría Carlos González Peña, me impele a escribir mis memorias universitarias. Pero en forma, no al tuntún. De hacerlo, anticipo que el método biográfico no sería otro que el propuesto por José Ortega y Gasset, pero mejorado: “Yo soy yo y mi circunstancia”. La mejoría radica en el añadido: “y mi generación”.

Dos. Yo soy yo, mi circunstancia y mi generación. (mis “generaciones” en realidad: la prehistórica taxqueña, la de la preparatoria militar, la de la Facultad de Derecho, la teatral del INBA, la del Taller Mester, la de La Onda, la política universitaria). En el entendido de que una generación no es sólo la de coetáneos. Distintas edades pero mismo proyecto.

Tres. En lo que me animo a hacerlo, evoco un episodio, marcado al par por el fracaso y el éxito. La experiencia de intervenir en diverso grado en la conformación de Ciudad Universitaria como espacio del arte. Empiezo por el fracaso.

Cuatro. El escultor Sebastián persuadió al rector Jorge Carpizo, tan involucrado en el proyecto del colectivo Espacio Escultórico, de colocar una pieza, desusadamente pequeña en tratándose del monumental artista de Chihuahua: Homenaje a Rufino Tamayo, estilizados tigre y garra.

Cinco. Encargado del asunto, y en ánimo de ligar intramuros y extramuros (venía yo de una amplia gestión cultural en la Delegación Venustiano Carranza), propuse el entonces abandonado triángulo que forman la Avenida Universidad y la Avenida Copilco, a modo de una de las Puertas del campus. Triángulo que hoy ocupa un puesto de flores, el sonido tropical o grupero a su máximo, y una Caseta de Vigilancia (inutilidad un millón, y las que sigan, de los gobiernos priista post-uruchurtiano y perredista de esta ciudad al mejor postor).

Seis. Abrimos la negociación delegacional, visité con Sebastián el lugar. No lo dijo, pero no le cuadró. Me hizo a un lado y negoció, ya sin un intermediación, la colocación de la escultura en un punto de la frontera del Centro Cultural Universitario y Avenida Universidad.

Siete. Instalación anodina, irrelevante, aún más achaparrada por la dimensión del lugar. Lástima grande. Ahora el éxito.

Ocho. En los 50’s, Carlos Mérida, el formidable pintor guatemalteco trasplantado a México, diseñó un mural para el exterior de la fábrica de bujías Champion, en la Colonia Industrial Vallejo. Diseño y mosaico terriblemente dañados por la polución ambiental y automotriz. Se decidió donarlo a la UNAM, para salvarlo.

Nueve. Se me encomendó la operación, sólo que ahora al frente de una comisión multi-disciplinaria. La resistencia brotó esta vez de un sector de colegas del Instituto de Investigaciones Estéticas que argüía conocer o suponer la voluntad del creador: mural en soledad salvo Natura, en diálogo con los volcanes. Vaya idea del Arte Público.

Diez. Puesto que el Sindicato de Champion, la contraparte, puso como condición su presencia abierta al público, me empeñé, con el Vo.Bo. de la hija, Ana Mérida, en el lugar en el que se encuentra: una de las entradas a “Cultisur”, viniendo del norte por Insurgentes. El sitio elegido, la disminución de velocidad, la curva, facilitan su fruición. El grupo de trabajadores que asistió a la inauguración quedó del todo gratificado. En otro momento comentaré el episodio de su traslado a CU.

Once. Y ahí sigue el colorido mural, verdadero hito a diferencia del, digamos des-hito, en que terminó el Homenaje a Tamayo.

También te puede interesar:

Notas de agenda urbana


¡Milagro surrealista!

¿Arte? ¿moderno?