Opinión

Ciudad ofendida

01 septiembre 2017 5:0
 
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CDMX

Uno. Ocupados, unos en la irrefrenable especulación inmobiliaria, otros en sortear baches y asaltos, y los más en sobrevivir (aunque crece la cuenta fúnebre de los que dicen ¡Basta! y se suicidan al paso del Metro)…olvidamos fácilmente, entre otras, dos flagrantes agravios a la ciudad de México.

Dos. El de un acuerdo entre los Ejecutivos Federal y Local, con dedicatoria a Manuel López Obrador, para impulsar una reforma política parto de los montes: el de un Constituyente que no lo es; el de una Constitución que tampoco; el insolente de rebautizar a la capital; y el de borrar de un plumazo la condición de Distrito Federal.

Tres. Además de repartirse el disque Constituyente, con la cuchara grande, Partidos y Poderes. ¿Ciudadanos chilangos? A la cola.
Cuatro. No hay que ser un ducho constitucionalista, para saber que una Constitución nace de la ruptura del orden constitucional anterior. 1824, 1857, 1917.

Cinco. Y resulta que a la cacareada Constitución local la prevé, la fragua, la dispone, la dicta la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

Seis. Si no hay en rigor Constituyente, no hay Constitución. Punto.
Siete. Se requiere de un gran desparpajo para cambiar el nombre, fruto de la historia y la cultura urbanas, como el nombre de la Ciudad de México. ¿A cambio de qué rayos? De una sigla, de una marca. Mercadotecnia versus (aquí sí) “verdad histórica”.

Siete. Y, lo del borrón del Distrito Federal desafía la lógica elemental. Se es Distrito Federal si se es sede de los Poderes Federales. Y resulta que Ejecutivo, Legislativo y Judicial federales se la siguen pasando bomba en Los Pinos, Reforma, Polanco y otros parajes capitalinos.

Ocho. A ciencia ficción barata siguen sonando las frases, del Presidente de la República (si no escuché mal), de que nacía un Estado Libre y Soberano más; y del Jefe de Gobierno, de que la Constitución del CDMX se alzaba paradigma para una futura de la República. ¡Recórcholis!

Nueve. Cuando no pasamos de “entidad federativa”, y vaya mal ejemplo, mazacote, que resultó la constitución sacada de la manga.
Diez. Y ahora, por si faltara, la Encuesta Morena.

Once. Que no existió como tal, digo, de hablarse de encuestas ortodoxas, las que declaran método y procedimientos, y arrojan cifras. Que a todas luces se inclina en la dirección del dedo destapador del Peje (no se tiene un ADN priista no más porque sí).

Doce. Y que llama Coordinadora de la Soberanía Nacional (¡ah, pero qué gusto provinciano por la prosopopeya!), a quien actúa ya como candidata, ilegalmente, fuera de los tiempos electorales, como candidata de Morena.

Once. ¿Candidata, perdón, a qué? ¿A Jefa de Gobierno de la ex Ciudad de México? ¿A Jefa de Gobierno del ex Distrito Federal ¿A Jefa de Gobierno de la CDMX ExDF, léase Ciudad de México Ex Distrito Federal?

Doce. Y en verdad para llorar las declaraciones de los perdedores. Todos varones, para subrayar la moda de la equidad de género. Uno de ellos incluso invoca a Dios y sus decisiones inescrutables, y trae a cuento al Santo Niño de Atocha, la verdad, la verdad, por demás milagroso.

Trece. Disculpas, nuevamente, pero ¡pa’su mecha!
Catorce. ¿Qué sigue? ¿Nos mantendremos ofendidos impávidos? 

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