Opinión

Cinismo e indiferencia

 
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ME Trump

Cuando veo el resultado de las elecciones primarias estadounidenses, no dejan de sorprenderme dos cosas. Primero, que ningún medio, experto, analista o politólogo haya presagiado el éxito de la campaña demócrata de Bernie Sanders, o de la republicana de Donald Trump.

Segundo, que los propios partidos políticos hayan estado tan desconectados de las evidentes frustraciones y enojos que ahora manifiesta el electorado. Estando en la recta final del proceso, unos y otros siguen dando palos de ciego tratando de entender qué pasa.

Me pregunto si en México estamos viviendo un fenómeno análogo. Gobierno y partidos políticos parecen poco enterados del hartazgo de la población sobre temas de corrupción, impunidad, abuso de poder e inseguridad. La administración peñista sigue pensando que basta con sólo controlar a los medios de información para que terribles acontecimientos cotidianos no impacten lo político. Parecen creer que un poco de maquillaje arregla todo. Los medios se mueven con cautela tratando de hablar de lo que pasa, para que no se diga que lo omiten, pero cuidando de no hacerlo la noticia del día. Se acercan a una frontera delicada que separa la percepción de una realidad delicada, de un mundo ficticio en el cual lo malo es marginal.

Estando apenas en su cuarto año de gobierno, esta administración no puede permitirse el desmoronamiento de un estado importante como Veracruz, víctima del pésimo manejo económico, de la flagrante corrupción del gobierno de Duarte y de la brutal impunidad que gozan sus allegados.

El Estado mexicano no puede volverse comparsa de exgobernadores que devastaron a su estado, como es el caso de Moreira, cuando la procuradora general de Justicia y la canciller mueven cielo mar y tierra para evitar que sea procesado en España. Al hacer esto, contradicen los pretextos que dan para no ir tras de funcionarios corruptos, esgrimiendo la debilidad de la legislación mexicana que vuelve difícil armar casos judiciales contra éstos. Aquí era otro país, con leyes y Cortes más fuertes, quien pudo haber ofrecido un debido proceso sólido. ¿Por qué protegerlo? ¿Por qué no simplemente dejar que se defienda en la Corte, si es que tiene los argumentos legales?

La clase política mexicana no está midiendo bien el nivel de hartazgo de la población. El Senado no puede arrastrar los pies ante una ley anticorrupción, después de que 634 mil mexicanos firmaron exigiendo que la ley 3de3 sea considerada. El procedimiento para presentar esa petición fue ejemplo de participación ciudadana y cultura cívica. ¿Acaso este gobierno sólo entiende marchas y violencia?

Después de dos administraciones panistas, un argumento por el cual muchos votantes optaron por el PRI se debía a su mejor manejo político. Éste ha brillado por su ausencia. Independientemente de lo que uno crea sobre la matanza de Ayotzinapa, la actitud del gobierno ante la investigación del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes es de llamar la atención. Parecieran asumir que mientras menos caso hagan, más rápido saldrá esta noticia de las primeras planas. Pero ese no es el problema. Por mucho que se controle a los medios dentro de las fronteras, los medios internacionales infieren que esa actitud refleja culpa, que las acusaciones de tortura a manos de la Policía son un esfuerzo desesperado por ocultar una verdad tremenda. Son actitudes que lejos de reflejar a un Estado moderno, fuerte y pujante que busca insertarse en el mundo desarrollado, corresponden a un gobierno autoritario que se esconde en un sistema legal débil que oculta culpas y otorga impunidad. México pagará cara esta imagen. Quitárnosla de encima tomará muchos años.

Corrupción e impunidad se reflejan en baja inversión, poco crecimiento, más pobreza, más desigualdad, más violencia. No es casual que el estado de Veracruz, rico en recursos, sea la cuarta entidad que menos ha crecido en el país, sólo por encima de Tabasco y Campeche, fuertemente afectados por su dependencia a Pemex, y Chiapas, estado no en manos priistas, que también es un desastre. En los últimos tres años Chiapas muestra una tasa anual promedio de crecimiento de menos 0.6 por ciento (mientras la nacional es de 2.1 por ciento). Los estados que más crecen –Querétaro, Aguascalientes y Guanajuato– se han beneficiado de recibir enorme inversión extranjera, que difícilmente iría a estados tan evidentemente disfuncionales.

A dos años de 2018 es imposible pronosticar cómo se reflejará el creciente hartazgo de la población en las urnas. Por lo pronto, sabemos que, en el mejor de los casos, el estancamiento económico internacional no ayudará a que lleguemos a ese momento en un entorno de alto crecimiento. El PRI se está confiando al pensar que les bastará con el voto duro (más Partido Verde y Nueva Alianza) para quedarse en Los Pinos. Si persisten en la misma negación de la realidad, se podrían llevar una sorpresa similar al constatar que, como en Estados Unidos, las dinámicas electorales ya cambiaron.

Twitter: @jorgesuarezv

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