Opinión

Cindy Sherman

 
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Cindy Sherman. (www.arthistoryarchive.com)

Quiero dedicar la columna de esta semana a una de las exponentes del feminismo en el arte y quien cumpliera 62 años el martes pasado: Cindy Sherman. Utilizando solamente la fotografía como medio de producción, la artista estadounidense ha logrado reexaminar el rol de la mujer en la sociedad contemporánea, bajo la noción de que cada una de las imágenes que presenta están abiertas a la interpretación y no se contemplan con una narrativa definida.

Educada en el Buffalo State College de Nueva York, abandonó la pintura por la fotografía, ya que ésta le permitía experimentar más con los posibles escenarios y los discursos a explorar. Su formación tomó un giro de la mano del artista neoyorquino Robert Longo, con quien fundó el centro de artes de Hallwalls en Buffalo. A finales de la década de los 70, Sherman comenzó a producir una serie de fotografías montadas a la par de otras artistas como Louise Lawler, Barbara Kruger o Laurie Simmons, que después fueron conocidas como la Pictures Generation.

Siguiendo la tradición del autorretrato en pintura, con las escenificaciones, simbolismos y elementos psíquicos que su producción conlleva, Sherman utiliza herramientas como maquillaje, vestuario y escenografía para recrear imágenes comunes, aunque exageradas, de los roles sociales asociados con lo femenino a través de la historia, la moda, la figura pública o el naciente negocio del entretenimiento.

Untitled Film Stills (1977-80) es una serie de 69 fotografías en las que la artista se presenta actuando los clichés relacionados con la mujer en la cultura popular del siglo XX. La apropiación y simulación de imágenes está presente en esta serie y en toda su obra, al poner en cuestión la formación de identidad y su relación con los dictados sociales y las representaciones estereotipadas en los medios masivos de comunicación.

Una de las series más controversiales de la obra de Sherman es Sex Pictures (1992), las cuales muestran maniquíes alusivos a posiciones sexuales del cine pornográfico. Más allá del contenido erótico, la serie elabora un crudo comentario sobre la deshumanización de la mujer en la industria de este tipo de cine, dejando ver al cuerpo femenino como un producto a consumir, objeto y herramienta para el deseo de otros. Pero lo más escalofriante es que Sherman, a través de esta serie, pone al descubierto que el consumismo de estereotipos psicológicos sucede a través de la mirada; devoramos con la mirada, pero el deseo se queda quieto y contenido en el cuerpo.

Así, en la mayoría de sus retratos, la artista enfrenta de manera directa al ojo del espectador. El acto contrario de contemplar la obra permite que el discurso no sólo se centre en el presente, sino que reconsidera todos los estereotipos comunes y los supuestos culturales a lo largo de la historia del arte y, por consiguiente, la social. Las imágenes se vuelven satíricas, incluso caricaturescas al evidenciar los preceptos sociales de la realidad a través del lente de la cámara.

El trabajo artístico de Sherman hace de la cotidiana y familiar imagen de lo femenino algo extraño, de manera que tambalea aquello que damos por hecho. En una suerte de espejo, la artista se pone a sí misma como una superficie que refleja la psique del espectador, buscando traer a la conciencia cómo nuestros estándares de belleza, conceptos de género, ideas de mujer y nuestros modelos de convivencia entre sexos son escenas montadas, prefabricadas, deliberadamente orquestadas. Gracias al arte feminista como el de Cindy Sherman entró al debate artístico la construcción subjetiva del individuo (sea hombre o mujer) y su relación con el complejo sistema de poder y control económico-social en el que vivimos.

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