Opinión

Cinco brazos y tres ojos

16 diciembre 2013 5:2

 
De acuerdo con algunos, los mexicanos debemos ser completamente anómalos y tener cinco brazos y tres ojos cada uno.
 
 
Uno no puede menos que llegar a esa conclusión cuando escucha algunos cuestionamientos a propósito de la reforma energética.
 
 
Hay toda clase de críticas al cambio constitucional que se hará efectivo pronto. Algunas son críticas inteligentes, que deben tomarse seriamente en cuenta, en particular cuando se concreten las leyes secundarias que harán operable la reforma constitucional.
 
 
Sin embargo, una de las más frecuentes, a mi parecer, no tiene sustento.
 
“Es que en México somos bien corruptos”, es el quid de la crítica.
 
 
Se argumenta que Noruega sí puede tener participación privada en su sector energético con regulación estatal, porque en el más reciente reporte de Transparencia Internacional, dado a conocer hace apenas unos días, salió en el quinto lugar entre los países que se perciben como más honestos.
 
Y, en contraste, México, pues ya se imagina, está en el lugar 106, de una lista de 177 naciones.
 
La conclusión es que como estamos muy abajo en los índices de corrupción, entonces la apertura al sector privado de diversas actividades en la industria petrolera, va a implicar aún mayor corrupción.
 
Hay dos aspectos falaces de esta argumentación. La primera supondría que el manejo de la empresa petrolera es hoy un ejemplo de honestidad, que se estaría poniendo en riesgo por la participación privada.
 
Evidentemente Pemex no es hoy un ejemplo de honestidad en múltiples de sus actividades.
 
La segunda falacia es de carácter lógico. Supone que el estatus que hoy tenemos es irremediable, que somos corruptos porque tenemos genes que nos hacen ser así.
 
 
La realidad es que la corrupción tiene que ver con cultura, instituciones e incentivos.
 
 
Los primeros dos se pueden modificar. De hecho, el conjunto de reformas que se han emprendido pretende modificar a las instituciones y los incentivos, para premiar a la eficiencia y permitir que, por ejemplo, las licitaciones que van a realizarse sean transparentes, sujetas a escrutinio público.
 
Claro, hay que trabajar en las leyes secundarias para que los hechos sean así.
 
 
Y, la cultura, también puede modificarse si además de cambiar instituciones e incentivos, también operamos sobre la educación.
 
 
Hay una tendencia en la sociedad mexicana a considerarnos incapaces de competir en la arena mundial.
 
En el caso energético, no se cree que, como sociedad, seamos capaces de realizar cambios que nos coloquen en circunstancias parecidas a las de naciones cuyo nivel educativo, económico, gubernamental, sea destacado a nivel mundial.
 
Por ejemplo, algunos tienen la idea de que no es justa una prueba como PISA, que compara el desempeño de jóvenes en múltiples países, pues hay diferencias socioeconómicas y culturales. O de que no podemos poner un examen de matemáticas igual en el DF que en Chiapas.
 
 
Las diferencias socioeconómicas y culturales existen. Sería una ceguera no verlas.
 
 
Pero hay dos formas de asumirlas. La primera es considerando que ellas nos condenan a no tener, por ejemplo, niveles de excelencia en matemáticas o ciencias.
 
La segunda es considerando, que más allá de peculiaridades históricas que nos han caracterizado, podemos destacar en múltiples campos del conocimiento.
 
Una cosa es que por nuestras características físicas, los mexicanos probablemente no tendremos un campeón mundial en los 100 metros planos y otra muy diferente es que en ninguna disciplina deportiva vayamos a ser capaces de destacar.
 
 
Tenemos la tarea de construir las instituciones y la cultura que nos permitan tener una industria energética eficiente; capaz de crear riqueza para la mayoría de los mexicanos y la capacidad de regularla adecuadamente, evitando o minimizando la corrupción.
 
 
Es asunto de querer hacerlo.