Opinión

Cierro mis ojos

Gil les tiene una noticia: en el patio del Palacio Nacional ocurrió un acto de magia, un hecho prodigioso, una alucinación colectiva. El presidente Peña Nieto abanderó a los jugadores de la selección nacional de futbol rumbo al Mundial (orgía de “al”) Brasil 2014. Rafael Márquez recibió el lábaro patrio. Se oyó el Himno Nacional y se pronunciaron algunas palabras teñidas de emoción y solemnidad: “al portar (la bandera) asumen el compromiso de dar su mayor esfuerzo, de entregarse en cuerpo y alma, de entregarlo todo en la cancha”.

Trancuilos, no pasa nada, si nos ponemos intensos antes de que empiecen a jugar los nuestros, imaginen lo que ocurrirá cuando el equipo mexicano pierda su primer partido contra Camerún, porque de que lo pierde, lo pierde.

El Presidente les pidió a los jugadores que se convirtieran en titanes. Les recordó que llegar a Brasil no fue fácil, pero que una vez en tierra carioca podrían escribir una nueva historia de lucha, de pasión y de triunfo. Los titanes estaban conmovidos. El entrenador de la selección dijo con todas sus letras que el objetivo mínimo era llegar a cuartos de final, pero que todos en el equipo pensaban traerse la copa a México. Gil Gamés cerró los ojos y leyó los titulares de los periódicos del planeta Tierra: “México: Campeón del Mundo 2014”. Gil casi sintió cómo las yemas de sus dedos recorrían el bruñido metal de la copa. El objetivo mínimo, mínimo, cuartos de final, ¿hay un neuropsiquiatra entre ustedes?

Sugestión


Gamés espera que Miguel Herrera llegue con bien a Brasil y no quede atrapado en un psiquiátrico nacional. Decir en público y sin los efectos de droga alguna que México puede traerse la copa del mundo sólo puede obedecer a una catástrofe psíquica, un nerviosismo inexplicable o para quedar bien con el presidente: “Siempre soñé con estar en este momento, no pensé que fuera tan rápido. Me siento afortunado por el honor de dirigir la selección de mi país, la selección que nos hace llorar de felicidad o de tristeza”. Trancuilos, se trata de futbol y no de nuestras vida en juego. Por cierto, a la hora de los anuncios y los pagos abultados (no empiecen) por concepto de publicidad, Miguel no se pone tan emotivo; al contrario, echa mano de su capacidad histriónica para enaltecer las cualidades de una marca de banco, de una gaseosa y demás mercancías. Por estas razones de peso, Gamés considera que lo que se vio en el patio del Palacio Nacional fue un acto de magia y al mismo tiempo una alucinación.

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco y caviló: bien visto, el futbol mexicano siempre se convierte en un acto de alucinación colectiva. Si cerramos los ojos, la vida es bella. Un ejercicio, párpados abajo, ¿y qué ocurre? Ah, México crece al 8.0 por ciento anual, la prosperidad se encuentra al alcance de la mano, la inseguridad ha cedido notablemente. Todo esto pasa si cerramos los ojos; o bien, nos sugestionamos y después de un esfuerzo mental en el cual casi revientan nuestras cabezas, transformamos la realidad. Gil recomienda muchísimo estos métodos: perdió México frente a Brasil, qué desgracia. Perdóname, México no perdió, dejó de ganar, ¿estamos?

Negociazo

Una aporía (gran palabra) domina la historia de México en el futbol: el fracaso del triunfo o el triunfo del fracaso. Gamés tiene buenos amigos que han terminado en el diván. El tema: una pasión mal correspondida con la selección mexicana de futbol. Ahora mal: ¿Y si Miguel Herrera tiene razón y México llega a cuartos de final y, con un buen viento, mju, trae la copa del mundo? Si, efectivamente, Gil había cerrado los ojos. Y a todo esto: los directivos de la Federación Mexicana de Futbol, ¿a quién le rinden cuentas por el negocio colosal que significa llevar los contratos de la selección mexicana de futbol? A Nadie. Que alguien corrija a Gamés, ¿a nadie? ¿A sí mismos?

La máxima de Jorge Valdano espetó dentro el ático: “De todas las cosas sin importancia, el futbol es, de largo, la más importante”.

Gil s’en va