Opinión

China, otra vez

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Yuan, moneda de China. (Bloomberg)

El lunes iniciaba este año comentando acerca de la amenaza que China representa para la economía global, debido a sus dificultades para administrar el balanceo de su modelo. Ese mismo día, la bolsa de valores de ese país tuvo que cerrarse porque había perdido más de 7.0 por ciento en el día. El jueves se repitió el fenómeno, pero en sólo 27 minutos.

Si usted me ha hecho el favor de acompañarme en estas páginas por algún tiempo, recordará que China ha sido un tema recurrente, porque la interpretación que tiene esta columna acerca de esa economía no se parece a la opinión mayoritaria. China decidió seguir el camino de Japón y Corea y construir una economía centrada en la inversión. Para ello, era necesario mantener deprimido el consumo de la población y exportar la mayor parte de lo producido. Así lo hizo China a partir de 1979, de manera experimental, y desde 1989 de forma más amplia. Sin embargo, es con su ingreso a la OMC en 2001 que China despega, para desgracia de nosotros, convirtiéndose muy rápidamente en el mayor exportador hacia Estados Unidos. En 2015, la mitad de las importaciones estadounidenses provinieron de tres exportadores: China, con 21 por ciento; Canadá, con 14 por ciento, y México, con 13 por ciento. Pero la dinámica es lo interesante: Canadá ha perdido seis puntos de ese mercado en los últimos 30 años, mientras nosotros hemos ganado más o menos lo mismo, duplicando nuestra presencia. China ha crecido 20 puntos.

Esa dinámica fue tan grande que convenció a muchos de que veíamos algo diferente a lo conocido, pero insisto en que no se trata sino del mismo esquema de Japón y Corea. Y la experiencia de esos países puede ser muy ilustrativa. Cuando Japón intentó balancear el modelo, a inicios de los años ochenta, sufrió una profunda crisis, por los excesos de inversión en que había incurrido, y desde entonces prácticamente no crece. A Corea le ocurrió algo similar, con una crisis a fines de los noventa, y el crecimiento de 9.0 por ciento anual de los 30 años anteriores se redujo a 5.0 por ciento, y en los últimos diez años apenas arriba de 3.0 por ciento.

China había iniciado el balanceo en 2008, pero para enfrentar la gran recesión de 2009, que pudo haberle costado una contracción (como a nosotros), decidieron regresar, y con más brío, al modelo de inversión. Y si ya para entonces tenían muchísimo dinero colocado en proyectos inviables, en los siguientes seis años la deuda creció en 100 por ciento del PIB, seguramente casi todo en inversiones no recuperables. Esto apunta a que China tendrá un crecimiento muy moderado en los próximos años, posiblemente cercano a 3.0 por ciento anual. Pero, a diferencia de Japón y Corea, lo hará con un ingreso medio, y no como un país desarrollado. Recuerde usted que el ingreso por habitante en China es similar al de México.

La diferencia tiene que ver con el gran tamaño de China, pero sobre todo con la permanencia de un sistema político autoritario. Es indudable que sin él hubiera sido imposible seguir el modelo de inversión, pero romper el límite del ingreso medio exige liberar la política, como lo hicieron Japón y Corea. No necesariamente replicar de forma idéntica la democracia liberal occidental, pero sí construir un estado limitado, responsable frente a los ciudadanos. Eso lo tienen los cuatro países asiáticos desarrollados: los dos mencionados, Hong Kong y Singapur. China no. Ni siquiera tiene un sistema financiero en forma, como lo muestran los desfiguros en la bolsa y el yuan desde hace medio año.

Hay entonces dos caminos para China: o se estanca o se liberaliza. Creo que será lo primero.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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