Opinión

Chicle natural mexicano inunda al mundo

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chicle

El proyecto periodístico Universo Pyme cumplirá 10 años en diciembre; entre las miles de historias memorables que hemos conocido, está sin lugar a dudas la de Chicza, el único chicle natural orgánico generado en un triángulo, el 'triángulo del chicle natural' en los estados mexicanos de Quintana Roo y Campeche.

Este chicle (chicza) natural, con varias certificaciones mundiales, pudiera eventualmente romper la prohibición que priva en Singapur de consumir goma de mascar. En México el mercado del chicle (en realidad es goma de mascar) es de 400 millones de dólares anuales.
Nadie parece saber en México que este chicle, el auténtico chicle natural, es surgido de México por una organización de cooperativas agrícolas-forestales que “doblaron” a los japoneses cuando éstos, dueños del mercado, marcaban los precios de la materia prima en un contexto en el que ellos eran los únicos compradores y por ello determinaban los precios de adquisición.

La mayor parte del territorio productor chiclero se encuentra en Quintana Roo, territorio que vio nacer el chicle natural gracias a la labor de la cultura maya. Bernal Díaz del Castillo lo relata en su obra Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Los mayas comerciaban con los aztecas y entre esos productos vendían chicle natural.

También hay tierras productoras en Guatemala, Belice y Yucatán, pero son marginales en influencia productiva.

Cercana la Segunda Guerra Mundial, un norteamericano, Thomas Adams, intenta vulcanizar el látex del árbol del chicozapote con la idea de sustituir el hule, sin conseguirlo. A cambio da con el chicle natural.
Muy pocas personas saben que las tropas norteamericanas mascaban durante la Segunda Guerra Mundial chicle natural producido gracias a la labor de mexicanos que hacían el corte de los árboles para obtener la resina, de la que se elabora el chicle natural.

Los “gringos” se hicieron famosos por regalar a la población infantil, originaria de los países o regiones en donde se encontraban, chicles. Era chicle natural, obtenido de árboles de chicozapote en México. En aquel entonces se vendieron 26 mil toneladas de chicle a Estados Unidos; era la época de oro del chicle natural. Más de 20 mil chicleros mexicanos vivieron esas épocas. Murieron un millón de árboles entre 1929 y 1930.

Para 1994 la población de productores bajó a mil y en plena decadencia surge un ‘Plan Piloto Chiclero’ y el entonces gobernador de Quintana Roo, El Chueco Mario Villanueva (así le conocían en las comunidades, no es un exceso del columnista) le encarga a Manuel Aldrete, hoy líder cooperativista del proyecto, recuperar la actividad en beneficio de los cooperativistas, cosa que Manuel consiguió magistralmente.

Son 56 cooperativas y más de dos mil cooperativistas con sus familias.
Ellos doblan a los japoneses, consiguen certificar la producción de ocho millones de árboles ante el Forest StewardShip Council, consiguen certificación orgánica e incluso la Kosher.

Hoy este chicle está en Asia, Europa, Estados Unidos, China, Japón, Medio Oriente e incluso recién ingresó al mercado mexicano donde está la presentación de 30 gramos y pronto lanzarán la de 15 gramos en cinco sabores: limón, menta, hierbabuena, mora y canela.

“Saborea la selva” será el slogan. Lo maravilloso del caso es que recuperan cooperativistas una producción prehispánica que fue uno de los productos ícono de la Segunda Guerra Mundial y que le da sentido a una selva que con este producto consigue mantener su sustentabilidad.
Continuaremos.

Twitter: @ETORREBLANCAJ

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