Opinión

Charleston: herida abierta

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Asistentes a la misa de ayer en Charleston, Carolina del Sur. (Reuters)

La matanza de nueve feligreses en una Iglesia Metodista de Carolina del Sur a manos de un joven supremacista blanco, ha exhibido una vez más la honda y vieja herida del racismo en Estados Unidos.

Esa ancestral discusión, que produjo la Guerra de Secesión, sigue abierta 150 años después: este mes de abril se cumplió siglo y medio en que el norte se impuso al sur en contra de la esclavitud.

Un gran debate se ha reabierto en una sociedad donde los temas profundos siguen siendo tabú, añejo pendiente social y cultural que no logra superarse, asimilarse o integrarse. Especialmente en el sur, donde nuevas comunidades y minorías raciales crecen demográficamente y el tradicional componente blanco-sajón, se ve cada vez más reducido porcentualmente. En Carolina hay una numerosa comunidad afroamericana, pero también hay hispanos, asiáticos y otros grupos.

El servicio fúnebre en la misma Iglesia que fue escenario de la tragedia, recibió no sólo a la tradicional comunidad de color, sino a cientos de blancos que hicieron presencia para mostrar solidaridad y unión. Más de 300 ciudadanos blancos, que no pudieron encontrar asiento en una iglesia saturada por feligreses, esperaron en la calle, palmeando los tradicionales coros y cánticos del interior.

La gran pregunta es la de siempre: por qué si son sólo unos pocos desquiciados, incapaces de adaptarse o integrarse a un mundo moderno multirracial, ¿nadie los vigila, los atiende, los supervisa? Y aquí aparece una vez más el eterno e inacabable debate en torno al acceso a las armas, la sencilla forma en la que cualquier ciudadano de 21 años en adelante es capaz de adquirir y poseer un arma de fuego en los Estados Unidos.

Desde Ferguson, Missouri, el pasado mes de agosto, o después en Baltimore, Maryland o en McKinney, Texas, el resurgimiento del racismo más radical y violento ha golpeado el rostro pseudomoderno de la Unión Americana.

La ignorancia, la incapacidad legal para afrontar un problema multifactorial que no sólo tiene que ver con la absurda supremacía blanca, sino con la pobreza y el insultante cinismo con el que se defiende la venta abierta de armas. Todo esto junto genera una atmósfera de descomposición a la que, por cierto, las policías locales y las fuerzas de seguridad no contribuyen a pacificar. Las recientes escenas de brutalidad y exceso policíaco son una triste y ominosa herencia del 9/11. Los ataques a las Torres Gemelas y sus secuelas impregnaron la sensación permanente de riesgo terrorista o de vulgar desacato a la autoridad. ¿Recuerda usted una imagen difundida recientemente donde una patrulla arrolla brutalmente a un ciudadano porque había cometido algún delito menor? O ¿la de una joven afroamericana en bikini que asistía a una fiesta de verano en una alberca pública? Las reacciones de los órganos de policía se han convertido en un abuso total, un atropello a derechos y libertades, actuando al extremo con riesgos muy menores. Aquí existe una vergonzosa omisión de jueces y fiscales, que liberan y perdonan en la mayoría de los casos a los supuestos agentes del orden.

Charleston ha expuesto una vez más que la herida del racismo sigue abierta, profunda, provocando dolor y disgregación racial en pleno siglo XXI.

No existen sociedades perfectas y la historia demuestra que aquellas que alcanzan elevados niveles de desarrollo, carecen de los más básicos sentimientos de unión familiar, integración, identidad. Los Estados Unidos han hecho poco por sanar las divisiones internas que provocan periódicamente estos baños de sangre. Y no se trata sólo de detener a los llamados “lobos solitarios”, atacantes individuales, desequilibrados y desquiciados. Se trata de abrir un capítulo amplio de revisión y discusión social, acabar con las armas en las calles, con su venta indiscriminada. ¿Serán capaces?

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 @LKourchenko

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