Opinión

Charles Simic

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Charles Simic.

Gil caminaba sobre la duela de cedro blanco y buscaba huir de la vida pública mexicana. Adiós, les dijo a los plurinominales y buscó en sus libreros. Charles Simic (1938), uno de los poetas más prestigiados en Estados Unidos, también es ensayista. En la mayoría de sus ensayos, de corte autobiográfico, eruditos y a la vez sencillos e incluso divertidos, Simic habla de su oficio: la poesía. Rafael Vargas se dio a la tarea de seleccionar algunos de ellos, traducirlos y armar un libro. El resultado es El flautista en el pozo, que Ediciones Cal y Arena publicó hace algún tiempo. Muy pronto, la misma editorial publicará dos libros traducidos por Vargas: Mi silencioso sequito y El amo de los disfraces. Aquí va un puñado de subrayados del flautista.

Uno quisiera decir algo acerca de la época en que vive. Toda época tiene sus injusticias y sufrimientos inmensos y la nuestra difícilmente sería una excepción. Hay que enfrentar la historia de la vileza humana y todos los días tenemos nuevos ejemplos en qué meditar. Vivimos en una época en que hay cientos de maneras de explicar el mundo. Todo es creído: todo tipo de religiones y todo tipo de especulación científica. Acaso la tarea de la poesía sea rescatar algo auténtico del naufragio de los sistemas religiosos, filosóficos y políticos.

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El poema que quiero escribir es imposible. Una piedra que flota.

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Mi ambición es arrinconar al lector y hacer que piense e imagine de manera diferente.

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Tendencias contradictorias cuando se trata de hacer un poema: dejar las cosas como son o volver a imaginarlas; representar o volver a realizar; exponer o aseverar; artificio o naturaleza, etcétera, etcétera. Al igual que la vaca, el poeta debería tener más de un estómago.

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Poema: un teatro en el que uno es la sala, el escenario, los decorados, los actores, el autor, el público, el crítico. Todo a la vez.

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Mi tema es la poesía en tiempos de locura. Allá afuera hay gente que tiene los medios para asesinarnos a mí y a todos los que amo sin previa advertencia. Todos estamos en la fila de ejecución. Cada día, cuando leo los periódicos y miro la televisión me angustia la posibilidad de que no llegue nuestro indulto, que nuestra situación sea terriblemente incierta, ambigua y poco envidiable. No digo “sería”, porque también hay algo de risible en nuestro predicamento. Quiero que la poesía refleje toda esta variedad de contradicciones.

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Pobre poesía. Como un Buster Keaton imperturbable a solas con la mujer que ama en un trasatlántico a la deriva en mitad de una mar procelosa. O un ejemplo aún mejor: también a la deriva en un océano interminable, se topa con un anuncio, en realidad, un blanco para práctica de combate naval. Keaton se trepa en él, saca su cebo y su caña de pescar, y pesca tranquilamente. Eso es lo que es la gran poesía. Una magnífica serenidad frente al rostro del caos. Lo suficientemente sabia como para fingirse tonta.

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La diferencia entre los poetas se reduce a cómo experimentan las realidades comunes en su vida cotidiana. Cualesquiera ideas que ocasionalmente puedan tener provienen de esas impremeditadas particularidades. El poeta que adora el viento tiene dioses distintos a los del poeta que adora las piedras en la Tierra. Lo que hacemos apasionadamente nuestro es lo que nos define. Las posesiones de los poetas –incluso las de los más grandes– son pequeñas. Unos cuantos objetos, unas pocas escenas vívidas y algunas figuras sombrías. Eso es todo. Lo que para todos los demás puede parecer pobreza, para el poeta representa, potencialmente, grandes riquezas.

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Todo sería muy sencillo si pudiésemos controlar nuestras metáforas. No podemos. Lo mismo es verdad respecto de los poemas. Podemos comenzar creyendo que estamos recreando una experiencia, que estamos intentado una mímesis, pero entonces el lenguaje toma las riendas. De pronto las palabras piensan por sí mismas. Es como decir, “quería ir a la iglesia pero el poema me llevó a las carreras de galgos.”
Cuando eso me pasó por primera vez estaba horrorizado. Me tomó años admitir que el poema es más listo que yo. Ahora voy a donde él quiere ir.

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Heidegger dice que jamás comprenderá propiamente qué es la poesía mientras no entienda qué es el pensamiento. Luego añade –lo que es aún más interesante– que la naturaleza del pensamiento es otra cosa que pensar, otra cosa que querer. Es a eso “otro” a lo que la poesía le pone trampas para cazarlo.

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Escribir es siempre una burda traducción en palabras de lo que no tiene palabras.

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Puede ser que el poeta desee contarnos acerca de su vida. Unas pocas imágenes de un momento fugaz en el que estuvo feliz o excepcionalmente lúcido. El deseo secreto de la poesía es detener el tiempo. El poeta quiere recuperar un rostro, un estado de ánimo, una nube en un cielo, un árbol al viento, y tomar una especie de fotografía mental de ese momento en el que como lector uno se reconoce a sí mismo. Los poemas son fotografías de otras gentes en las que nos reconocemos.

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Sí, señoras y señores, amigos y amigas, seres y seras, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los camareros traen bandejas que soportan botellas (en plural) de Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular esta máxima de García Lorca: “Poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio”.

Twitter: @GilGamesX

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