Opinión

¿Celebramos el día mundial de la Propiedad Intelectual?

 
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Propiedad intelectual e industrial

El “Día Mundial de la Propiedad Intelectual” que se celebra en estas fechas, parece representar los claroscuros que su reconocimiento y regulación imponen. Mientras en los foros internacionales se siguen discutiendo y definiendo las “nuevas bases” para hacer más eficaces las leyes de protección de marcas, derechos de autor y patentes, en la sociedad civil se siguen criticando muchas de las posiciones que se estiman como abusivas de parte de los titulares de derechos, particularmente en el llamado “ambiente digital”.

Si la pretensión de esta celebración es la de elevar el nivel de reconocimiento que estos derechos demandan, gracias a su contribución y papel en el estímulo a la creatividad, la meta no se alcanza. Por una parte, porque la opinión que parece dominar entre los usuarios de obras y personas de diversos orígenes, ingresos y edades, apunta en el sentido opuesto, esto es, pensar la Propiedad Intelectual como un obstáculo y un impedimento, y no como la única forma justa de recompensa a los creadores.

Algo esta sucediendo hacia el interior del discurso, que mientras la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual elabora planes y proyectos para la evolución de la materia, un millón de personas bajó de manera ilegal el primer capítulo de la sexta temporada de “Game of Thrones”, en un solo día, imponiendo con ello todo un record mundial en materia de piratería. La paradoja se gesta en la coincidencia de que el acto de infracción colectiva más amplio y masivo de la historia, tenga lugar, precisamente, el 26 de abril en que celebramos la Propiedad Intelectual.

Es cierto que el cumplimiento de la definición de los sistemas jurídicos como “orden coactivo de la conducta” se verifica más allá del contenido moral de la norma y del aspecto subjetivo de la voluntad del obligado. Sin embargo, en el caso de la Propiedad Intelectual, en que el respeto al creador se expresa a través de la compra de su propuesta “auténtica”, de su producto “legítimo”, la percepción ética” del consumidor adquiere una condición superior en la construcción de la fórmula.

Un divorcio irreversible se manifiesta cuando un conjunto tan amplio de consumidores transgreden la norma para disfrutar, impune y gratuitamente, de una obra audiovisual que ha costado millones de dólares generar y cuyos autores merecen un pago por su inversión y su talento; y esa misma conducta, irreverente, transgresora, desafiante e impune se verifica día a día en las transitadas calles y plazas públicas en cientos de ciudades en las que son comprados y vendidos millones de productos apócrifos de los más diversos tipos y destinos.

Cada vez que en los foros internacionales se defienden posiciones radicales para intensificar el reconocimiento de derechos sobre obras o invenciones, especialmente en el campo farmacéutico, parecen recrudecerse las heridas. El problema más grave es que del lado de la disidencia observo ONG´s bien organizadas y un ejército de jóvenes que no creen en la Propiedad intelectual como fórmula de progreso, mientras que del lado del sistema no se escucha otra cosa que el viejo, gastado y desarticulado discurso de siempre. Si “las instituciones” no reconocen que la guerra se está perdiendo, y rehacen el discurso para convencer, para demostrar, para prevalecer, mucho me temo que la realidad va a moldear su propia respuesta. Feliz día de la Propiedad Intelectual
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