Opinión

Celebraciones familiares

   
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Cena familiar (Shutterstock)

En 1998, el cineasta danés Thomas Vinterberg, escribió y dirigió la película “Festen” (La celebración) y le enseñó al mundo una historia de pesadilla en la que celebración, familia y secretos vergonzosos se vinculan. Aunque muchos no tengan una relación biográfica directa con la historia de esta película, casi todos recordamos algunas, o quizá muchas celebraciones familiares amargas. En días que deberían ser de armonía, suelen ocurrir desencuentros, peleas y malos entendidos, que a veces separan a las familias durante años.

Desde 1950, Bossard y Boll, comenzaron a investigar la importancia emocional de los rituales familiares, como momentos vinculantes y representaciones simbólicas, cuya organización se relaciona con la capacidad para una vida familiar sana. No todas las familias son capaces de instrumentar celebraciones agradables para todos. Para muchos, ir a casa de la abuela, del tío o a casa del suegro, pueden ser momentos de tensión. Algunos pacientes recuerdan que cuando sus familias se desmoronaron por el divorcio de los padres o por la muerte de alguien central, las navidades no volvieron a ser iguales o simplemente dejaron de celebrarse. Un paciente sabe el año exacto en el que dejaron de celebrarse los cumpleaños y las fechas importantes en su casa. El recuerdo sigue cargado de tristeza y vacío. Sin explicación, la madre nunca más quiso adornar la casa, comprar un pastel de cumpleaños o regalos de Navidad. Perdió el interés de compartir momentos felices con sus hijos.

Las celebraciones son momentos en los que las expectativas suelen ser altas. Preparar una cena o una comida con anticipación, decorar una casa, comprar regalos, reunir a los miembros de una familia que quizá se ven poco a lo largo del año. Esperar que todos disfruten el día solo es posible mediante una buena dosis de flexibilidad.

Porque las familias están formadas por personas tan disímbolas que resulta increíble que compartan genes y hayan sido criados por los mismos padres.

Algunas investigaciones afirman que tres cuartas partes de las personas, tienen por lo menos un familiar que no soportan. Puede ser el tío homófobo, al que no hay manera de callar y al que es casi imposible tolerar. O la hermana narcisista que pasa toda la noche hablando de sí misma y de lo maravillosa que es y que, aunque parezca imposible, tiene un hermano introvertido y de tendencias altruistas, que quiere salir corriendo lejos de su hermana.

Así que hacer concesiones es indispensable si lo que elegimos es celebrar con la gente que queremos. Como por ejemplo ser flexibles si alguien decide no venir y prefiere celebrar en un grupo más pequeño otro día. Esto es particularmente cierto para los divorciados, que han de enfrentar lealtades cruzadas entre una familia y otra, el deseo de los hijos de seguir festejando como lo hacían en otros tiempos y el rechazo por las nuevas parejas. Es imposible quedar bien en todas partes, así que ser tolerantes frente a la complejidad de las familias, siempre es útil.

La tolerancia no aplica cuando hablamos de conductas invasivas por parte de algún miembro de la familia. Es frecuente y una realidad repugnante, el tío o el primo acosador, al que nadie pone un alto en nombre de la paz. Establecer un límite claro y firme ante este tipo de conducta inapropiada, es un derecho más importante que una celebración inmaculada de la Navidad o el Año Nuevo. Como bien sabemos, el acoso y abuso sexual ocurre casi siempre dentro de la familia o por parte de alguien cercano a la familia. Ninguna mujer debería sentirse obligada a ir a festejar una Navidad en la que esté presente el primo, el tío o el hermano abusador.

Mucho menos grave es la intrusión de la tía que pregunta a las jóvenes de la familia si tienen novio o si piensan casarse pronto. O la crítica al peinado, vestido, peso o estilo personal de alguno. Todas son agresiones que pueden ser rechazadas frontalmente. Es válido decir que uno no tiene interés en responder a determinadas preguntas o pedir respeto absoluto para todos.

En las celebraciones, los miembros de la familia parecen justificarse frente a los demás. Las rivalidades entre hermanos no terminan con la llegada de la vida adulta y algunos siguen compitiendo entre sí para demostrarle a los padres quién es el mejor hijo.

Las fiestas decembrinas pueden ser momentos para pensar en las cosas buenas, para festejar la diversidad, para construir un momento que valga la pena ser recordado. Portarse a la altura tiene menos que ver con una mesa perfectamente arreglada y una cena maravillosa y más con el respeto radical por las diferentes formas de ser, de sentir y de pensar.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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